El hostiazo

El hostiazo es una decepción muy particular, y muy futbolística. Naturalmente, es anterior al fútbol. No existiría el fútbol y nos estaríamos llevando hostiazos todo el tiempo. No son más que una forma inevitable de abrirse paso en la vida. En ese sentido, podemos estar tranquilos. Siempre habrá alguien con motivos de sobra para sentir alegría, porque sus planes van a salir bien, y que de pronto esté hundido en la miseria, ya que nada salió como lo había planeado, y toda la alegría, al repasarla, se reduce a disgusto. No lo vio venir. No quiso. Pintaba todo tan bien que la sola idea de mostrarse prudente era patética. Esas son las condiciones ideales para que se produzca el hostiazo, que es algo más que un desengaño, o, en todo caso, un desengaño que no se te pasa por la cabeza.

Y así cayó el Atlético ante el Leipzig. Fue un hostiazo modélico. El equipo estaba a dos partidos de presentarse en otra final de Champions y los rivales que iban a salirle al paso, después de eliminar al Liverpool al más puro estilo inexplicable, invitaban a la alegría, aunque no fueses demasiado partidario de ella, por todo lo bueno que tiene en sí misma, como cuando el cómico Oscar Levant, para evitar la felicidad, dio la espalda a la bebida alegando que no le gustaba porque «me hace sentir bien».

No es que el sorteo le deparase el Leipzig en cuartos. Es que, si pasaba esa eliminatoria, a continuación no iba encontrarse ni al Bayern, ni al City, ni al Barça. Y lo mejor de todo, si llegaba a la final no estaría esperándolo el Madrid. Era el escenario perfecto. Pensar en un horizonte aún más beneficioso te hacía sentirte un abusón. Te podías ver a ti mismo diciendo, como en su día Guardiola, aquello de que «no me gusta ganar porque sí». En fin, en el simple acto de prever el modo en que podrían salir las cosas se concentraba un gran júbilo. Y entonces llegó el hostiazo. Su sonido, su fuerza, todo te resultó demasiado familiar, porque al fin y al cabo solo era un hostiazo más. Ni hostia te pareció.

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