El enojo de Paris

El nombramiento del Dr. Paris en junio fue recibido con beneplácito; se abría un periodo que prometía ser de más calma y colaboración con la comunidad científica, las autoridades locales y regionales, y también el mismo Ministerio de Salud (Minsal). El estilo sarcástico, belicoso e impulsivo del exministro Mañalich daba paso a la gestión de un pediatra con un modo más tranquilo, pausado y paternalista, donde los exabruptos quedaban fuera. Junto con ello, la posibilidad de establecer un escenario comunicacional más cercano a la rutina de un matinal de televisión, experiencia con la que contaba, que a una vocería unidireccional propia de su antecesor. La ambición de Paris por llegar al cargo la ha reconocido él mismo, sin embargo, la imagen del ministro pediatra que se preocupa de un niño enfermo y que empatiza con la preocupación de sus padres, pareció prevalecer durante esas primeras semanas, que además coincidieron con la leve mejoría cuando la pandemia, a fines de junio, parecía comenzar a controlarse según el Gobierno.

La estrategia sanitaria no cambió, una replica exacta de lo que estableció su antecesor: mantener el contagio a un nivel estable que apunta más bien al control de la cantidad de enfermos graves atendidos en camas críticas, que a la prevención, generando así un escenario “aparentemente” aceptable para mantener la actividad extractiva y avanzar en la apertura del comercio. Una estrategia de inmunidad de rebaño que se articula en acciones como la relajación de las medidas, alta movilidad y una falta de comprensión real de la peligrosidad de la transmisión aérea del virus en lugares cerrados. El emblema de esto, Magallanes, donde se consideró un éxito en el control de la pandemia, pero en estas últimas semanas se descontroló, debido al rápido avance en la estrategia del Paso a Paso, y donde se es renuente a controlarse, debido a la continua actividad laboral.

Por fin parecía entenderse que aumentar la eficiencia en la trazabilidad y en el manejo de los datos era clave. Sin embargo, se estableció de modo lento e improvisado y donde las cifras aún no permiten tomar decisiones para definir medidas preventivas a tiempo. Por su parte la estrategia comunicacional consiste aún en mostrar optimismo y éxito en comparación con países que enfrentan mal la pandemia, y utilizar los espacios comunicacionales para demostrar que el Gobierno lo hace bien, tornando cualquier revés en una crítica a comunidades completas, expertos o líderes que renuncian o son silenciados en la rutina de la cobertura de los medios.

Con el correr de los meses, el estilo más amable y a veces paternalista de Paris comienza a dar luz a un tono impulsivo, que me recuerda a esos hombres que no han tenido la experiencia de criar hijos, algo que enseña a temperar el ánimo cuando los que te rodean no responden a tus deseos. En la dinámica del poder, el Dr. Paris confirmó su rol de mensajero político. Se ha ido lentamente transformando la comunicación en crisis en la némesis de su antecesor. El éxito gubernamental en la acusación constitucional, un juicio político a la estrategia necropolítica frente a la pandemia, lo hace esto aún más patente. Dirige su energía no a educar mejor acerca de cómo prevenir el contagio, sino a responder destempladamente a autoridades políticas e incluso fiscales y jueces. Se enoja y culpabiliza con el fin de defender a las autoridades querelladas que son parte de su equipo.

Paris, en pocas semanas, pasó de ser una autoridad afable y aparentemente conciliadora, con altos niveles de favorabilidad, a un tipo de político que prevalece en este Gobierno, incompetente en la escucha, ciego a la crítica, incapaz de reconocer errores, y en batalla con la ciudadanía, algo que un ministro de Salud, en escenario de pandemia, no se puede dar el lujo.

Pero atención, esto no es una casualidad, la vocería está planificada así, el ministro sabe lo que le pueden preguntar en las vocerías y se prepara para ello con la asesoría de La Moneda. Su mensaje, entonces, además de contener citas extemporáneas y poéticas que, a la sombra de una crisis sanitaria grave y crónica, resultan completamente descontextualizadas, se ha llenado de autocomplacencias, triunfalismos y una explícita defensa del Gobierno.

El enojo de Paris y las alabanzas a la vestimenta de un periodista o la portada de un diario popular, demuestran la fragilidad en la conducción de la crisis sanitaria. Son tan inaceptables como comentarios irrelevantes respecto a la cercanía de la subsecretaria de Interior con el ministerio que él dirige. Las personas que escuchan y comentan el reporte acerca del curso de la pandemia atienden los comentarios del ministro y simplemente comienzan a no creer ninguno de los contenidos. El alto nivel de emocionalidad se combina con la necesidad de encontrar culpables en ciudades o regiones. Felicita al personal de salud por hacer su trabajo, porque es obvio que todos queremos al personal de salud, son los bomberos de esta emergencia. Todos los queremos. El respeto que el ministro tenía al principio de su gestión se evapora paso a paso, mientras la pandemia continúa localizada en una meseta que no ha cambiado desde la leve mejoría, a pesar de los esfuerzos constantes por contarnos una historia que no se condice con la crisis en regiones o la ocupación aún alta de hospitales.

El ministro se muestra incapaz de contener el impulso de personalizar la crisis comunicacional, como una suerte de matinal donde el populismo comienza a mostrarlo menos interesado en educar a la población acerca de la epidemia, pero más en controlar el mensaje político que el Gobierno intenta insertar. Por ejemplo, utiliza palabras como “rebrote”, aunque la pandemia está aún a niveles de descontrol donde todavía no aislamos, testeamos y trazamos con efectividad. La epidemia se presenta fuera de control en algunas regiones, pero  todavía se enfatizan promedios nacionales que no sirven de mucho para planificar. Promete transparentar los índices de positividad, pero pasado un mes aún no tenemos resultados.

La comunicación en crisis está en crisis. El enojo de Paris es un signo más de la tragedia en el liderazgo de esta pandemia. Necesitamos menos pataletas, menos enojos, menos autocomplacencia.

El ministro de Salud Enrique Paris se muestra incapaz de contener el impulso de personalizar la crisis comunicacional, como una suerte de matinal donde el populismo comienza a mostrarlo menos interesado en educar a la población acerca de la epidemia, pero más en controlar el mensaje político que el Gobierno intenta insertar. Por ejemplo, utiliza palabras como “rebrote”, aunque la pandemia está aún a niveles de descontrol donde todavía no aislamos, testeamos y trazamos con efectividad. La epidemia se presenta fuera de control en algunas regiones, pero todavía se enfatizan promedios nacionales que no sirven de mucho para planificar. Promete transparentar los índices de positividad, pero pasado un mes aún no tenemos resultados. La comunicación en crisis está en crisis. El enojo de Paris es un signo más de la tragedia en el liderazgo de esta pandemia. Necesitamos menos pataletas, menos enojos, menos autocomplacencia.

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