El desquite del presidenciable Desbordes

Mario Desbordes es un político hábil y resistente. Ha estado bajo fuego durante un año completo desde el 18 de octubre, pero no de sus adversarios, sino de su propio sector. Varios nunca le pudieron perdonar que señalara, al comienzo del estallido, que apoyaba a su hijo que estaba protestando por la pensión de $180 mil que recibía su abuelo: “Si no tuviera esta investidura, estaría también en la calle”, afirmó. El exdiputado es un excarabinero que proviene de una familia de clase media y esfuerzo, de la cual se siente orgulloso. “A mucha honra”, ha dicho, causando incomodidad en la elite política, a la cual él no pertenece. Otra frase que tampoco le hizo mucha gracia fue cuando dijo que ya “es la hora que los que estudiaron en escuelitas con número puedan sentarse a conversar con los que lo hicieron en colegios prestigiosos o siguieron sus estudios en las mejores universidades del mundo”. De seguro no se refería al diálogo entre oficialistas y opositores, sino a lo que esperaría sucediera en su propio sector.

Hace solo tres meses, Sebastián Piñera se jugó una carta audaz para sacar del ring a Andrés Allamand y Mario Desbordes. El exrugbista, que se convirtió en la carta de los conservadores, tenía arrinconado al presidente de su partido, sumando a Carlos Larraín a los ataques frontales contra el entonces diputado. Desbordes, por su lado, había logrado agrupar y dirigir a la derecha más liberal, aprovechando el espacio dejado por Ossandón, ocupado más de sus problemas judiciales. En mi columna de esa misma semana señalé que Desbordes parecía haber aceptado la invitación del Mandatario para poder capear el temporal. Y me preguntaba al final: “¿Si no puedes con tu enemigo, únete o tal vez Desbordes tiene un plan que no conocemos y necesitaba ‘cubrirse’ dentro de La Moneda?”. Hoy parecemos conocer su verdadera estrategia.

La derrota de la derecha –particularmente para el sector más duro, encabezado por Van Rysselberghe y José Antonio Kast– fue catastrófica, salvo para Mario Desbordes y Joaquín Lavín. Fueron los grandes ganadores, porque ni Piñera capitalizó su evidente opción por el Apruebo y, sin duda, el tablero de la derecha cambió el 25/0. Allamand quedó muy debilitado y Desbordes, por el contrario, muy fortalecido en RN. Kast, con la habilidad de siempre, se dio cuenta de que tenía la oportunidad de arrinconar a la UDI al solicitar formalmente participar en una lista única para la Convención de abril próximo, algo que él sabía que sería rechazado por una parte de RN y Evópoli. La apuesta del expresidenciable es que nadie le pueda decir que no lo intentó y, por supuesto, con eso atraer a una parte importante de los UDI que no ven con buenos ojos la candidatura de Lavín.

Lo que no se esperaba JAK es que fuera el propio Desbordes el que saliera a poner un dique a su oferta. El intento del líder de Republicanos le sirvió al actual titular de la cartera de Defensa para volver a opinar de la contingencia política, luego del cuidado y prudencia que mantuvo desde que el Mandatario lo nombró ministro. Anticipándose a los presidentes de los partidos de Chile Vamos, Desbordes señaló que J.A. Kast “nos trata de traidores en un tuit y a los dos minutos habla de unidad”.

Sin embargo, la verdadera bomba vendría el viernes, cuando La Segunda dio a conocer un acuerdo entre el Presidente Piñera y Desbordes para que el expresidente de RN abandonara su cargo y poder dedicarse de lleno a liderar el proceso constituyente a partir de marzo. El plan de refugiarse en La Moneda había sido efectivo. ¿El próximo paso? Ser el candidato presidencial de RN.

Sin duda, Mario Desbordes debía aprovechar este momento y lo hizo de la mejor manera. En forma inédita –dudo que haya ocurrido antes en la historia política de Chile– se las arregló para que nos enteráramos que en los próximos cinco meses será un “ministro saliente”, es decir, el que puede usar la tribuna de su cargo para abordar la agenda sin que nadie le pueda decir nada, partiendo por Piñera. Desde La Moneda podrá liderar a su sector, preparar la Convención y potenciar su candidatura, lo que puede permitirle empezar a descontar votos respecto de Lavín. Sus rivales, en cambio, tendrán que preocuparse de rearticular a un grupo golpeado y defenderse de la asonada de Kast. Este es el mejor escenario que podía tener el exdiputado, incluyendo a un Allamand que se despide, una vez más, de su obsesión de competir por la Presidencia.

En las próximas semanas veremos cómo se reordena el mapa político chileno a partir de los efectos de la votación registrada hace poco más de una semana. En “las oposiciones”, asistiremos a una película hasta ahora conocida, es decir, a la constitución de tres bloques incapaces de lograr un acuerdo en torno a la Convención Constitucional –eso de ir en una sola lista–, perfilando a Unidad Constituyente, el Frente Amplio/PC y el Partido Comunista Acción Proletaria/MIR, más otros pequeños grupos de izquierda.

Pero lo más interesante estará en el oficialismo. A la derrota monumental del 25 de octubre –que ya dejó como damnificado a Evópoli, partido que se “dio vuelta la chaqueta” un mes antes del plebiscito–, se sumará la disputa por el liderazgo en la UDI, que por lo pronto significará que ese partido intente definir su carta presidencial entre la línea “oficialista” –Matthei– y el “díscolo” Lavín, lo que le vuelve a poner presión al alcalde con algo infranqueable: en qué momento renuncia al partido para poder ampliar su base de apoyo.

Sin embargo, Lavín sufrirá un embate por ambos costados si sumamos a Desbordes. Además, el 80/20 incidirá en las elecciones del gremialismo y RN. En el primer caso, Longueira ha dejado claro que va a disputar el puesto y en Renovación Nacional aún debe resolverse el lío de la fecha en que serán las elecciones internas. En todo caso, en el escenario que sea, los Allamand-Larraín quedaron en una muy mala posición

Y, por supuesto, Desbordes puede adquirir un protagonismo insospechado –aunque planificado como una jugada de ajedrez– y dar un golpe a la cátedra a esa elite de la derecha chilena, esa de los políticos provenientes de tres o cuatro colegios y universidades y que miran de reojo a quienes no son de su círculo… natural.

La bomba vino el viernes pasado cuando La Segunda dio a conocer un acuerdo entre el Presidente Piñera y Mario Desbordes para que el expresidente de RN abandonara su cargo en el gabinete, a fin de dedicarse de lleno a liderar el proceso constituyente a partir de marzo. El plan de refugiarse en La Moneda había sido efectivo. ¿El próximo paso? Ser el candidato presidencial de RN. Desbordes debía aprovechar este momento y lo hizo de la mejor manera. En forma inédita –dudo que haya ocurrido antes en la historia política de Chile– se las arregló para que nos enteráramos que en los próximos cinco meses será un “ministro saliente”, es decir, el que puede usar la tribuna de su cargo para abordar la agenda sin que nadie le pueda decir nada, partiendo por Piñera. Desde La Moneda podrá liderar a su sector, preparar la Convención y potenciar su candidatura, lo que puede permitirle empezar a descontar votos respecto de Lavín. Sus rivales, en cambio, tendrán que preocuparse de rearticular a un grupo golpeado y defenderse de la asonada de Kast. Este es el mejor escenario que podía tener el exdiputado, incluyendo a un Allamand que se despide, una vez más, de su obsesión de competir por la Presidencia.

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