Philipsen se sintió en casa

Puebla de Sanabria acogió la 15ª etapa de la Vuelta, pero bien podría haber sido una clásica del norte. Por kilometraje: 231 kilómetros. Por trazado: cinco cotas de tercera categoría. Y por el clima: lluvia y frío zamoranos. Un escenario perfecto para que ganara un belga: Jasper Philipsen.

La etapa repitió el guion del día anterior, pero cambió el desenlace. El recorrido más largo de la Vuelta invitaba a una escapada numerosa y consentida por el pelotón. Se cumplió lo primero, con un selecto grupo de 13 corredores, pero no lo segundo. Con la fuga a 5:45 minutos, atrás se pusieron a trabajar el Bora, el NTT y el Trek, que redujeron la ventaja a 40 segundos. La caza parecía condenada… Sólo lo parecía.

A una treintena de kilómetros surgió la lluvia, anunciada poco antes por un ventarrón que colocó el pelotón en fila india. La carrera cambió de ruta, entró en una carretera secundaria, más rasgada, en dirección al Alto de Padornelo, que se coronaba a 18 km de la meta. Un infierno sobre ruedas. Una clásica del norte. Una jornada terrible. Ahí se sintió fuerte Mattia Cattaneo, con piernas de rodador, y abandonó a sus compañeros de aventura.

Entre ellos hacía rato que no figuraba Tim Wellens, el ganador de la etapa anterior en Ourense, que probó fortuna por segundo día consecutivo, pero comprobó que las piernas no son infinitas y se dejó caer. No se sintió con fuerzas para remachar su tercera victoria. Y ya tampoco tenía posibilidad de luchar por la Montaña, que este jueves aseguró matemáticamente el filósofo Guillaume Martin, un día más presente en la escapada. Así se gana el premio al mejor escalador.

El pedaleo de Cattaneo, primero contra unos fugados liderados por Luis León, que buscaba la oportunidad para el veloz Alex Aranburu, y después contra el pelotón, que seguía empeñado en no regalar nada, tuvo visos de ganador. Fue una ilusión. El tramo final, desfavorable para un hombre solo, mostró las fauces de los lobos a la caza del corzo, animales frecuentes por estos pagos sanabreses. La víctima sucumbió justo al límite de una línea imaginaria en la que el jurado decidió contabilizar los tiempos, para evitar el peligro de una mancha de aceite en la zona urbana. A tres kilómetros de la meta sólo se competía por el triunfo.

De repente, una etapa que estaba señalada por los aventureros, para esos lobos cazaetapas, asiduos de las escapadas, y que incluso se especuló para una batalla entre los líderes, esos lobos de las clasificaciones generales, se convirtió en un esprint masivo, donde los lobos de la última recta, los amantes de la velocidad y de las clásicas, impusieron su ley. Ganó Jasper Philipsen, un belga de 22 años, otro joven prometedor del UAE, que ya había sido segundo en Ejea de los Caballeros, en el cuarto día de competición. Esta vez no hubo ningún Sam Bennett que se entrometiera en su camino. Esta vez consumó la caza en su primera grande

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