El Bilbao Basket roza el milagro pero sigue sin salir del pozo

El Bilbao Basket se está cansando de irse de los pabellones con sensaciones arregladas. Con solo la esperanza de que se huele su resurrección. Contra el Madrid, en algunas fases de partidos recientes y en la segunda parte de la cita europea contra el Bamberg… todo ese pack alimenta cierta autoestima. Pero seguro que cambiaban todo ese rollo por un triunfo al fin, algo que echarse a la boca más de un mes después de haber ganado al Obradoiro, el único dígito positivo en su balance victorias-derrotas. Porque los equipos viven de los éxitos, no de los partidos que te hacen acercarte a ellos.

Por la imagen de la primera parte, estaríamos hablando de un futuro equipo LEB. Por lo ofrecido en la segunda, hay esperanza a ambos lados del Nervión. Pero lo principal es ganar, recuperar ese gozo, que el equipo salga de la amargura de esta convivencia con la frustración. Y como suele decirse, coger lo que tiene virtuoso y extirpar sus defectos como pueda. Por lo menos, arregló el desastre en el sgundo tiempo con orgullo, ganas y tensión defensiva. Pero sigue siendo muy irregular, regala los comienzos e ir a remolque no es el mejor compañero de viaje.

El Bilbao Basket repitió el cuadro clínico del día del Madrid: comienzo entre ansioso y penoso, reacción y muerte en la orilla. La dinámica de llevar un triunfo en diez partidos te lleva a empezar ya naufragando. Y eso que rozó un milagro que le habría puesto en órbita ante el calendario crucial que le espera en relación con la permanencia. Está bien mostrar personalidad pero que no sea solo cuando todo está perdido. Con 18 abajo, aquello pintaba a bochorno. Pero activado por Moses, sí ese hombre que no jugaba y está a punto de ser cortado, se puso el partido en un puño. A falta de 4:07 una bandeja de Serron permitió empatar a 65. Brown tuvo un triple para ponerse en ventaja y luego Kulboka, de nuevo desastroso en los tiros sin fe, lanzó desde el arco para igualar de nuevo. Fieler desde lejos, una técnica a Balvin por protestar y uno de los dos tiros libres que tenía Hundt dejaron el asunto sin sorpresa.

El primer tiempo conducía a una reflexión profunda. Ni hacían faltas por esa falta de agresividad exasperante con la que salen los hombres de negro a los partidos. 3 de 15 en tiros de campo, 4 de valoración… así andaban las cosas en el primer cuarto. El que pudo presenciar el partido por la pequeña pantalla, la única vía ya que el pabellón mantiene su mutismo derivado de la pandemia, pudo advertir que no había un plan en ataque, los jugadores vivían en la parte del campo sin pasarse la pelota, con una inexistente circulación ni inversiones para buscar a un socio solo, los pívots se comían los espacios y los exteriores tiraban del carro de forma individualista, a lo que saliera. Pero el panorama era aún más desolador en defensa: no llegaban las piezas al hombre que estaba en la esquina, aparecían tarde en todas las recuperaciones y apenas se presionaban las líneas de pase. Se encontraba Huskic en el palco, con el chándal del Bilbao Basket, síntoma de que ya está fichado. Debía de pensar: ¿dónde me he metido yo? Moses, el que iban a cortar por él, era el revulsivo y Jones, otro de los interiores, no da una a derechas… Llega cedido de Burgos y al menos aportará un espíritu nuevo.

Mumbrú probó muchas fórmulas, como una zona 2-1-2, a tres pequeños (los dos bases y Brown), Kulboka de cinco… Empezó a ponerse el equipo más agresivo de cara al aro. Moses, muy participativo, hizo 10 puntos en un santiamén y todo cambió por arte de magia. Kravish y Fieler ya no tenían tantas facilidades para encestar y el partido se encogió en un pañuelo. Pero el destino volvió a ser esquivo con un grupo al que todo le sale mal. «Vamos a ver si somos capaces de traer  alguien que nos pueda ayudar», refrendó Mumbrú. Oraciones para que Huskic cambie esta caída a los infiernos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *