La increíble historia de Poli Díaz, el Potro indomable

Considerado como uno de los mejores púgiles españoles de la historia, el Potro de Vallecas conquistó el Campeonato de Europa hasta en ocho ocasiones, convirtiéndose en todo un fenómeno mediático y social. Sus espectaculares victorias por KO devolvieron la pasión por el boxeo, pero después su mayor rival fueron las adicciones. También las ha vencido y con 52 años se entrena para intentar disputar un combate de exhibición. 

La historia de Policarpo Díaz Arévalo es la de un auténtico superviviente. Un luchador noqueado por los golpes de la vida que dobló la rodilla muchas veces, pero siempre fuera del ring, cuando la fortuna se esfumó con la misma rapidez con la que había hecho acto de presencia. El ídolo de los pesos ligeros, el gran campeón que acabó sin rivales en Europa, quedó despojado del esplendor de antaño por culpa de las drogas. Su tragedia personal empañó un palmarés admirable (siete veces campeón de España y ocho de Europa), y desgastó una imagen pública cada vez más alejada del deporte y más recurrente en las páginas de sucesos. El astuto boxeador al que nunca habían tumbado en el ring, el mismo que el 27 de julio de 1991, dejó a media España desvelada, pendiente del televisor a la espera de una gesta en Norfolk (Virginia), cuando disputó el título Mundial ante Pernell Withaker, se enfrentó después a un enemigo mucho más poderoso que el escurridizo ‘Sweat Pea’, uno al que Poli no esperaba. El Potro emprendió un peligroso viaje hacia la autodestrucción. Un largo trayecto sin retorno hacia un abismo al que nadie le había empujado y del que ha escapado. 

Poli tocó fondo, sí, pero volvió a levantarse, una y otra vez, demostrando que su talla de campeón no debía medirse sólo por el peso de sus títulos o la épica de sus legendarias batallas sobre el cuadrilátero, sino por el empeño en recuperar su dignidad, una condición perdida años atrás en los mercados de la adicción y el trapicheo. El Potro tuvo la suerte de poder regresar para contarlo porque un día alguien le tendió una mano generosa, dándole motivos para seguir adelante. Policarpo, el tipo vacilón y carismático, nunca dejó de ser humilde incluso en los tiempos en los que los números de su cuenta bancaria decían lo contrario, cuando los políticos y las celebridades le buscaban para salir en la foto y sus combates arrastraban multitudes a los estadios en la España del pelotazo.

Un humilde chico de barrio que nunca dejó de serlo, pues su historia transcurre hoy, donde comenzó la leyenda hace 47 años, en el corazón de Vallecas. Poli había nacido el 21 de noviembre de 1967 en el seno de una familia numerosa, (fue el sexto de ocho hermanos), con pocos recursos y muchas necesidades. Un avispado muchacho que un buen día, harto de la escasez diaria predominante en su casa, prometió a sus hermanos que aquella noche cenarían como ricos. Se dirigió al popular Museo del Jamón y aprovechó el despiste de los camareros para robar una de las patas colgadas en el bar. Tras la huida, su decepción fue mayúscula al comprobar que la pata no había salido de ningún porcino. Bajo la red que envolvía el botín lo único que había era escayola. Para no volver a casa con las manos vacías, Poli atrapó un pato del estanque del Retiro para que su madre lo guisara, llevándose a cambio una buena bronca. La familia vivía, en Palomeras en pleno distrito vallecano. Un lugar donde, en palabras del propio campeón, «empezaron a faltar héroes y a sobrar heroína». En ese entorno deprimido y peligroso de mediados de los setenta, es donde el púgil desarrolló el instinto de supervivencia que más tarde le hizo triunfar en el boxeo. «En Vallecas había mucha delincuencia. La gente estaba acostumbrada, como si aquello fuera normal, pero cuando salías a la calle tenías que ir preparado para todo. Más de una vez me encontré con un tiroteo saliendo del colegio», recordaba Díaz en alguna entrevista, que pasaba más tiempo callejeando que dentro de las aulas. Sin duda alguna el deporte salvó su adolescencia de un destino incierto.

Poli descubrió el boxeo por casualidad, en el año 1982 caminando por la Avenida de la Albufera. Pasó por delante del gimnasio del Estadio de Vallecas donde la gente boxeaba. Allí encontró a Alfredo Evangelista, que había sido campeón de Europa de los pesos pesados y a un montón de chavales que estaban haciendo guantes. Le llamó mucho la atención todo aquello y pensó que le podía gustar, que el boxeo le podía venir bien. Tenía catorce años y aunque ya ganaba algún dinero trabajando, no podía costearse las clases. A cambio limpiaba dos o tres veces al día el recinto para devolver el favor. «Gracias al gimnasio podía ducharme con agua caliente, que en mi casa no la probábamos nunca», afirma el campeón. A la semana pusieron a pelear a Poli sin saber nada de boxeo por lo que soltaba los golpes como si estuviera en la calle. Su primer combate oficial fue en la madrileña plaza del Dos de Mayo de Malasaña contra un compañero del gimnasio. Para poder pelear, Poli tuvo que falsificar su libro de familia, porque era obligatorio tener 15 años, por eso muchas veces existió confusión con su fecha de nacimiento. «En esos primeros combates como juvenil no tenía ni idea de boxeo, solo las cuatro reglas que había aprendido sobre la marcha, pero tenía tan buenas sensaciones que me daban ganas de seguir».

Como el vallecano iba ganando aquellos primeros enfrentamientos, pronto le empezaron a colocar rivales de más entidad, de categoría amateur e incluso olímpicos. Eran los boxeadores de Ricardo Sánchez Atocha (futuro entrenador de Poli), que en aquel momento se encargaba del gimnasio del Palacio de los Deportes de Madrid. El Potro de Vallecas fue venciendo uno tras otro a sus rivales, algunos de los cuales pertenecían a pesos superiores al suyo, que en aquel momento era superpluma (menos de 60 kilos). Poli ya destacó del resto al ganar el campeonato de Castilla y Atocha enseguida se dio cuenta de su potencial. «Sin duda alguna estamos hablando del púgil más completo y con más cualidades que nos dio el boxeo español en las últimas décadas», declaró con rotundidad el que fue su entrenador durante muchos años.

Atocha no dudó en pedir a la joven promesa que se fuera con él. Poli ya estaba cansado de la mala gestión del gimnasio de Vallecas, cuyos responsables recortaban el dinero de las dietas y decidió marcharse con su nuevo preparador. Al principio el boxeador peleaba sin mucha cabeza, intentando zanjar los combates lo antes posible y con el tiempo descubrió que lo más importante era observar al rival y procurar anticiparse a sus movimientos. «Las reglas son muy sencillas: pegar y que no te peguen». Una constante que el deportista siempre tuvo muy presente a lo largo de su trayectoria. Poli era un boxeador tremendamente inteligente, con mucha intuición y mucha confianza en sí mismo, capaz de engañar a su rival en el momento preciso con unos cambios de ritmo explosivos. No tenía demasiada estatura (1,66 m) para la categoría de los ligeros, por eso debía meterse en la distancia corta y pasar manos. Y aunque su pegada no era como la de otros históricos como Perico Fernández, sus victorias por KO se hicieron famosas.

Resolvía los combates en pocos asaltos, lo cual garantizaba el espectáculo. Por eso se hizo tan popular, por eso puso el boxeo de moda. «Veían que me iba como una fiera a comerme a los tíos. Boxeaba con arranques de rabia, igual que Perico Delgado con la bici. Y eso les ponía cachondos: la furia española», recuerda el exboxeador. Siempre se ha dicho que Poli carecía de técnica, pero es un error pensarlo, ya que pocas veces alcanzaban su rostro en un combate. Ni siquiera su nariz aplastada es consecuencia de algún golpe furtivo, sino de una intervención quirúrgica. Poli manejaba muy bien la distancia y cuando encontraba hueco, soltaba su derecha fulminando a los rivales. Con esa técnica innata consiguió en 1986 ser campeón de España con 18 años. Tan solo llevaba tres meses como profesional. A pesar de tener que perder siete kilos la semana anterior (la báscula siempre fue su peor enemigo), consiguió arrebatarle el título a José Antonio Hernando. Fue una época dura para Poli, que compatibilizaba el deporte con su trabajo de albañil, pero la ambición del Potro no tenía límites. Estaba convencido de que no le iba a costar alcanzar el título europeo. Incluso ya soñaba con ganar el Mundial.

En mayo de 1988, Informe Semanal, el clásico programa de Televisión Española, le dedicó un reportaje a Poli. Algo paradójico en un momento en el que en el boxeo no era difundido por el canal público. En el reportaje, Díaz comentaba con espontaneidad la poca importancia que le daba al hecho de ganar el campeonato de Europa. «Como estoy convencido de que lo voy a ganar, tampoco le doy demasiada importancia». Altas expectativas para un deportista que no tenía ningún tipo de financiación, ni espónsor, ni apoyo de la Federación, con la que por cierto nunca tuvo buenas relaciones. Prueba de ello fue la ausencia de Poli en los Juegos Olímpicos de Los Angeles en 1984.

Todo cambió en octubre de 1987 con la llegada de Enrique Sarasola, un empresario aficionado al boxeo, popular por ser amigo del, por aquél entonces, Presidente del Gobierno, Felipe González. «Me dijo que me había visto boxear y que le parecía muy bueno, que tenía mucha proyección, pero que creía que no se estaban haciendo las cosas como yo merecía. Y me prometió que, si me iba con él, iba a conseguir que peleara por el campeonato del mundo». Afirma Poli en su biografía. Sarasola, gran amante del deporte, fue como un padre para el campeón. «Vi grandes valores humanos en Poli, es un chico que necesitaba ayuda, tenía dificultades en casa y creo que de él se puede hacer un campeón del mundo», declaraba el empresario en 1988.

Le hizo concentrarse en su finca en El Espinar, Segovia. Un lugar en el que Sarasola había instalado un ring para poder entrenar y tres sparrings a disposición del campeón. Además se creó la sociedad anónima promotora ‘El Espinar’ que a partir de entonces organizó los combates del vallecano. De esa sociedad Poli poseía el 96% de las acciones y Sarasola el 1%. La mayor parte de las ganancias por los combates eran para el boxeador. Una muestra evidente que Sarasola no quería aprovecharse del talento de Poli. El hombre de negocios, fue crucial en la vida del Potro, pues le apadrino y le aconsejo lo mejor que pudo, incluso en los momentos en los que Poli empezó su declive.

La intención Sarasola era revitalizar el boxeo en España a través de la figura del carismático Potro y lo consiguió. Con él llegó el patrocinio de la marca de concesionarios Otaysa, (que luego lo haría con el Real Madrid) y los canales autonómicos comenzaron a retransmitir sus peleas. Tras defender el título nacional hasta en 6 ocasiones, Poli ya estaba preparado para asaltar Europa y el 30 de noviembre de 1988 se celebró en Génova la pelea por el título Intercontinental. El campeón Di Lorenzi no le puso las cosas fáciles a Poli. El español recibió aquella velada un fuerte golpe en su rostro, el más fuerte que le dieron en toda su carrera. Un impacto que le hizo bastante daño, aunque supo encajarlo sin aparente dificultad. Tras un potente crochet de izquierda de Poli, el italiano cayó en el quinto asalto, tal y como El Potro había pronosticado en la rueda de prensa. El campeonato de Europa se fue para España y Poli aumentó su leyenda.

Probablemente entre 1988 y 1990, el campeón de los ligeros disfrutó de su mejor etapa deportiva, en la que estaba mejor preparado. Cuenta Sánchez Atocha, el entrenador que vivió con Poli su etapa más gloriosa, que aquella versión del Potro, la del flamante campeón que agotó la baraja de aspirantes al título europeo, podía haber vencido a cualquier rival, incluso al gran Whitaker, con el que posteriormente no pudo. Su estado de forma era impresionante. «Me levantaba pronto, desayunaba y me iba a correr doce kilómetros diarios por Navacerrada, Peguerinos y el Puerto de los Leones. Las tardes me las pasaba en el gimnasio», recuerda El Potro.

A lo largo de esos años Poli defendió el Campeonato de Europa hasta en 7 ocasiones con rivales de gran entidad (Simoes, Jacobsen, Boyle, Becchetti, Cassi y el español Carlos Miguel). Sólo dos de sus oponentes consiguieron acabar el combate en pie (Simoes, al que ganó por puntos en dos ocasiones y Boyle, el ciclón de Glasgow, un peligroso zurdo que puso en dificultades al Potro en el último asalto de la pelea). Las famosas veladas celebradas en el Palacio de los Deportes pasarán a la historia del boxeo español. Especialmente la disputada contra el danés Jacobsen, en la segunda defensa del título europeo, donde 15.000 personas abarrotaron el recinto para ver a Poli tumbar en el sexto asalto a su rival. Fue el punto álgido de la carrera del coloso vallecano. Tras la victoria sobre Boyle, Europa se le empezó a quedar pequeña, por lo que se empezó con el campeonato del Mundo. Llegaba la hora de cumplir con el sueño más deseado.

El combate por el Mundial demoró mucho tiempo hasta poder cerrarse, fue entonces cuando surgieron rumores sobre las supuestas escapadas que Poli hacía de El Espinar. Se decía que empezó a descuidarse, que cerraba las discotecas, que se rodeaba de personas que no le convenían. Un accidente en el que, tras esquivar a un vehículo, el coche del Potro acabó estrellándose contra un árbol, provocando una pequeña lesión en su rodilla, acabó con la paciencia de Sarasola, que a partir de ese momento enfrió su relación con el boxeador. Tanto es así que a pesar de organizar el combate contra Pernell Whitaker, Sarasola nunca viajó a Estados Unidos para presenciar en persona el asalto al título Mundial.

Finalmente y tras muchas negociaciones llegó el día en el que Poli se jugó a cara o cruz su carrera. La expectación en España fue enorme, tanto es así que Telecinco, el canal que retransmitió la velada, puso una gran cantidad de dinero para hacerse con los derechos del evento deportivo. Hubo muchas cosas extrañas en torno a ese combate. Los hermanos Duva, representantes del rival de Poli, consiguieron que el evento se organizara en Virginia, en casa del campeón, con lo que ello implicaba. Hasta entonces ningún boxeador español había ganado el título mundial en territorio norteamericano. Exigieron adelantar el pesaje en beneficio de Whitaker, para que el campeón tuviera más tiempo de recuperarse. Hasta el horario en el que se iba a disputar la pelea cambió. En España la velada se emitió en torno a las 3 de la madrugada. A pesar de ello, las cifras de audiencia se dispararon. Más de dos millones de espectadores y un 92% de cuota de pantalla hablan sobre la repercusión del evento.

En juego estaba el Campeonato del Mundo de los ligeros FIB, WBA y WBC que ostentaba Pernell ‘Sweat Pea’ Whitaker, un extraordinario boxeador, veloz y elegante que aquella noche encontró a un rival mucho más complicado de lo que esperaba. «Nada más sonar la campana me fui a por él, a presionarle con agresividad, que era lo que había planeado. Pero Whitaker aguantó, se defendió bien y no pude llegar a tocarle.» Recuerda Poli. En el segundo asalto el virginiano llegó con un jab de derecha al mentón de Poli, que tropezó cayendo a la lona. El árbitro comenzó una injusta cuenta de protección que restó puntos al español. El Potro comenzó a girar a su izquierda, ya que su rival era zurdo y aunque en varias ocasiones intentó buscar la contra bajando su guardia, ‘Sweat Pea’, que era muy inteligente no entró al envite. Los cuatro primeros asaltos estuvieron igualados, pero en el fatídico quinto, un gancho de izquierda fisuro una de las costillas de Poli. A partir de ese momento al Potro se le escapó un combate al que no había ido lo suficientemente preparado. Su estado no era el óptimo ya que había tenido problemas para dar el peso y había dejado de comer los días previos al combate. Aun así su gran fortaleza y su talento sobre el ring le hicieron llegar hasta el final para poner en apuros al en los últimos segundos al Campeón del Mundo, que defendía el título por novena vez.

Poli perdió por puntos y regresó a España con una victoria menos. Fue recibido como un héroe en el aeropuerto de Barajas y despertó de un sueño que acabó ese día. A partir de ese momento la verdadera pelea comenzó en su existencia y aunque cansado, El Potro sigue hoy en día sin dejarse domar por la vida, haciendo lo que más le gusta, enseñar todo el boxeo que aprendió a lo largo de los años.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *