Final de 1976: Tres prórrogas, agresión a un árbitro… «fue el mejor partido de la historia»

La década de los 70 suele quedar en el olvido, un tiempo de crisis entre las batallas de Bill Russell y Wilt Chamberlain y la explosión que trajo la rivalidad Magic Jonhson-Larry Bird antes del ascenso, y el definitivo de la NBA con él, de Michael Jordan. Esos setenta fueron años de una Liga sacudida con los conflictos de la ABA, una competición caótica pero llena de talento y donde cualquier idea era bien acogida si implicaba diversión; por el consumo de droga en los vestuarios, por las bajas audiencias y la fractura entre el baloncesto profesional y sus aficionados. Muy negra para los blancos, muy rica para los negros. Pero fueron años de excelentes jugadores y equipos maravillosos. De los Lakers de 1972 a los Knicks de los anillos, los Bucks de Oscar Robertson y Kareem Abdul-Jabbar… o, por supuesto, los Celtics, que ganaron dos títulos que, otra vez, pasan desapercibidos entre la dinastía de Auerbach y Russell y la de Larry Bird.

Pero aquellos eran unos excelentes Celtics. Un equipo que durante un lustro (1971-76) no bajó de 54 victorias, y que en la temporada 1972-73 llegó a 68, con una leyenda como el recién fallecido Tom Heinsohn en el banquillo y una plantilla muy apreciada por los verdaderos aficionados de la franquicia verde: un pívot dominante como Dave Cowens, que ese año fue MVP, el eléctrico base Jo Jo White, Don Nelson, Paul Silas y el mítico John Havlicek, que pasó de sexto hombre en los años de Bill Russell a MVP de las Finales de 1974, cuando los Celtics derrotaron al campeón de 1971, los Bucks de un Kareem Abdul-Jabbar que estaba a una temporada de irse a los Lakers y un Oscar Robertson que tenía ya 35 años. El equipo de Heinsohn defendió su título con 60 victorias en la temporada 1974-75 pero se estrelló en playoffs, en la final del Este, ante Washington Bullets. Un año después, en 1976, logró su último título antes de Larry Bird y dej el total, por entonces, en trece anillos ganados de catorce Finales jugadas. Una efectividad legendaria.

En 1976, los Celtics ganaron 54 partidos. Fueron con comodidad el mejor equipo del Este y esperaban una colisión por el trono con el campeón, los Warriors (ya en Oakland) de Ricky Barry, Jamaal Wilkes y Phil Smith. Un rival muy que le tenía tomada la medida. Sin embargo, los de la Bahía perdieron la final del Oeste en siete partidos contra Phoenix Suns, una franquicia que jugaba su octava temporada en la NBA y estaba por segunda vez en playoffs. Después de ganar 42 partidos, los de Arizona superaron a Sonics y Warriors camino de su primera Final. Desde entonces, solo han jugado otra: la de 1993, cuando el equipo liderado por el MVP Charles Barkley no pudo con los Bulls de Michael Jordan.

Hasta ese curso 1975-76, los Suns eran el equipo que se había quedado sin Kareem Abdul-Jabbar (todavía Lew Alcindor). Cuando el número 1 del draft se decidía por una moneda al aire entre el peor de cada Conferencia, perdieron (1969) el sorteo con los Bucks y acabaron eligiendo con el número 2 a un jugador que no estuvo nunca a la altura: Neal Walk. Pero en 1975 habían sumado con el número 4 a Alvan Adams, pívot que fue Rookie del Año y all star en su primera temporada, en la que promedió más de 19 puntos y 9 rebotes por partido. El ancla de un equipo dirigido por John MacLeod y en el que ponían la chispa ofensiva Curtis Perry, Dick Van Arsdale y un Paul Westphal que debutaba también con los Suns después de ser traspasado a cambio de Charlie Scott por, precisamente, su rival en las Finales: Boston Celtics.

Una Final que se volvió totalmente loca

Las Finales de 1976 merecerían una mejor consideración en la historia de la NBA. Por mucho que fueran los años previos a la llegada de Magic y Bird y que CBS no supiera como encajar los partidos para intentar que las audiencias fueran decentes. Por eso hubo tres días de descanso entre el primer duelo y el segundo y por eso el tercero, el estreno de la serie en Phoenix, se jugó a las 10:30 de la mañana de Arizona. Se intentaba evitar la competencia con el PGA y las 500 millas de Indianápolis, y se acabó motivando una protesta masiva de los clérigos: con el partido a esa hora, la asistencia a las iglesias descendió drásticamente en Phoenix. Fueron también, a partir del cuarto, los primeros partidos oficiales de la NBA en el mes de junio.

Los Celtics ganaron 4-2, e impusieron la lógica ante un rival que había perdido contra ellos los cuatro duelos de Regular Season. Pero lo hicieron después de una serie resuelta (prácticamente) en un quinto partido tremendo, al que se llegó con 2-2 y máxima presión para los verdes, que jugaban en casa y si perdían se veían abocados a disputar el sexto en Arizona con un hipotético match ball para unos Suns que habían endurecido la Final y convertido un 2-0 en un amenazador 2-2. Jo Jo White fue MVP. El base promedió 21,7 puntos, 4,3 rebotes y 5,8 asistencias. Y en ese memorable quinto partido jugó ¡60 minutos! y acabó con 33 puntos, 6 rebotes y 9 asistencias. Al final, se desplomó en el parqué porque apenas podía moverse. Se habían jugado tres prórrogas, algo que jamás había pasado en unas Finales. Y Rick Barry, que como sus Warriors habían perdido contra los Suns se convirtió en comentarista televisivo, aseguró que era el “partido más emocionante” que había visto en su vida. Durante años, ese quinto Celtics-Suns del Garden fue considerado el mejor partido de la historia. ¿Por qué? Por todo esto:

Los Celtics ganaron 128-126 después de tres tiempos extra. Un desenlace increíble que mató a los Suns, que entregaron después el anillo en el sexto partido, en su pista y hundidos (80-87). Casi todos los referentes de ambos equipos acabaron o con serios problemas físicos (como Westphal) o eliminados por faltas: Alvan Adams en los Suns y, en los Celtics, Dave Cowens, Paul Silas y Charlie Scott. Un secundario, Glenn McDonald, tuvo que aparecer en la última prórroga para salvar a los Celtics, de hecho.

Con Havlicek, que arrastraba problemas en una fascia, como suplente y muy mermado, los Celtics se habían puesto 2-0 en Boston con un tremendo primer partido de Cowens (25 puntos, 21 rebotes, 10 asistencias) y un parcial de 20-2 nada más salir del descanso en el segundo, en el que Jo Jo White y Charlie Scott pusieron contra las cuerdas a unos Suns sin experiencia pero que reaccionaron en su pista: primero con un tremendo tono físico en el tercer partido, en el que los Celtics se quejaron del criterio arbitral y hubo tangana y pelea a puñetazos entre Rick Sobers y Kevin Stacom. Los Suns acusaron a los Celtics de lanzar al intrascendente Stacom contra un Sobers que estaba teniendo un papel muy importante en el equipo del Oeste. Y que de hecho fue clave en el cuarto partido, en el que se pitaron 21 faltas en los primeros diez minutos de lo que Heinsohn llamó “un duelo de instituto”. White falló el tiro para empatar (109-107) y una Final que parecía plácida unos días antes regresó de los nervios a Boston.

En el legendario quinto partido pasó de todo. Literalmente. Los Celtics comenzaron arrasando: 32-12 de salida y 36-18 en el primer cuarto. Pero colapsaron en la segunda parte, en la que unos Suns desesperados los dejaron en 34 puntos totales. Y debieron ganar, seguramente, si no hubiera mediado una de las acciones más polémicas de la historia de las Finales: con 95-95 y el tiempo agotándose, Paul Silas pidió un tiempo muerto cuando a los Celtics ya no les quedaba ninguno. El árbitro Richie Powers no señaló una infracción que habría sido considerada falta técnica y habría dado un tiro libre y, posiblemente, el 2-3 a unos Suns que tenían el siguiente partido, el sexto, en su cancha. Años después, Powers reconoció que había visto perfectamente el gesto de Silas pero que no quiso “que un partido de unas Finales se decidiera por una acción así”.

Tom Heinsohn llamaba a Powers su “árbitro favorito”, algo que pudo cambiar en el legendario final de la segunda prórroga. Antes, las irregularidades de la mesa de anotadores habían comenzado (cuando todo se medía a mano y nada estaba automatizado) con unos segundos finales que se fueron al limbo para los Suns, que pidieron tiempo muerto después de un último fallo de Havlicek en el tiempo reglamentario. Ya en la primera prórroga, y con 101-101, el reloj volvió a aliarse con los Celtics. Havlicek tuvo más tiempo del que realmente quedaba para intentar el tiro ganador porque el reloj no arrancó hasta que ya estaba driblando y amagando antes de lanzar.

Pero la locura llegó en el segundo tiempo extra. A falta de 20 segundos, los Celtics ganaban 109-106. Todavía, conviene recordarlo, no había línea de tres (llegaría en la temporada 1979-80). Van Arsdale anotó una canasta rápida (109-108) tras el último tiempo muerto de los Suns. Westpahl robó la bola y Curtis Perry falló un tiro de seis metros que Havlicek no acertó a rebotear: el propio Perry recogió la bola y anotó. Los Suns estaban, de pronto, por delante (109-110) a seis segundos del final. Después de sus errores, Havlicek se desquitó con un tiro a tablero en penetración en lo que parecía el último segundo: 111-110, éxtasis e invasión de pista en el Garden. Pero el partido no había acabado. Sin las opciones de revisión manual que hay ahora, los árbitros decidieron que quedaba un segundo cuando entró el tiro de Havlicek. En plena histeria, con el público en la pista y agresión a Powers de un aficionado que fue detenido, se decidió que el partido tenía que continuar.

Los Suns tenían un segundo y saque de fondo desde debajo de su aro. Así que Westphal forzó la acción que los árbitros no le habían señalado a Silas minutos antes: pidió ostensiblemente un tiempo muerto cuando a su equipo no le quedaba ninguno. Lo hizo a propósito, claro. Los Celtics tendrían así un tiro libre, que anotó White (112-110), pero su equipo podría sacar después desde el centro de la pista y no desde debajo de su canasta. Perry encontró a Gar Heard, que empató con un reverso desde la cabeza de la zona y forzó el tercer tiempo extra. El público no terminaba de apartarse de la pista, la tensión era irrespirable y el general manager de los Suns, nada menos que Jerry Colangelo, amenazó con no presentar al equipo en Boston si había un séptimo partido. No lo hubo: su equipo no pudo aprovechar esa inercia en la tercera prórroga, la del heroico McDonald (16-14 para los locales) y los Celtics sentenciaron el título en el sexto encuentro, solo dos días después.

La norma (12-A) cambió, claro, después de esa jugarreta de Westphal. Desde entonces, si un equipo pide un tiempo muerto cuando ya no le quedan, se sigue concediendo el tiro libre a su rival… que además recibe también la posesión siguiente.

Richie Powers, que arbitró durante casi un cuarto de siglo en la NBA, nunca olvidó (falleció en 1998, con 67 años) aquel 4 de junio de 1976: “Como es normal, el público creía que habían ganado después del tiro de Havlicek y se desató la locura. Pero por desgracia para ellos, la persona de la mesa que llevaba el reloj se había dejado llevar por esa excitación y olvidó parar el reloj cuando el tiro entró”. Powers, que no sabía cuánto tiempo quedaba porque vio la jugada desde debajo del aro, siguió el consejo del árbitro asistente Bob Rakel, que era el que más claro tenía que el partido no había acabado: “Nada era automático entonces. El reloj se paraba y se reanudaba a mano”.

Los cálculos de los árbitros eran más o menos fijos: si un jugador lanzaba a falta de dos segundos y anotaba, quedaba un segundo por jugar después de esa acción. Esa fue la decisión de Powers, que sufrió la famosa agresión de un aficionado del Garden: “Estaba en mitad de la pista con el balón entre las piernas cuando vi que un aficionado se me echaba encima desde un lado. Me dio un golpe en el pecho y yo intenté defenderme con un par de puñetazo. Caímos al suelo, y dos jugadores de los Suns agarraron bien al tipo hasta que llegó la seguridad. Aquello casi arruina un partido que estaba siendo el más grande que se había jugado”. Uno que duró, en tiempo real, tres horas y ocho minutos.

Havlicek, una leyenda de los Celtics, recordaba así el caos que siguió a aquel tiro que parecía que había sido ganador… y no lo fue: “Pensábamos que habíamos ganado y nos fuimos al vestuario. Ya estábamos medio desnudos cuando nos dijeron que había que salir y jugar otro segundo”. Los Suns, en ese segundo, dieron un vuelco increíble que pudo cambiar las Finales y la historia de una franquicia sin ningún título. Pero no fue así: los Celtics fueron el equipo que sobrevivió a una tercera prórroga heroica y fueron también el campeón, dos días después. La leyenda celtic sobrevivió en uno de los partidos más increíbles y emocionantes de la historia de las Finales de la NBA.

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