La genuina Tregua de Navidad

En tierra de nadie, o ‘No Man’s Land’, como gusta decir a los anglosajones con cierto aroma épico, se produjo uno de los sucesos más excepcionales que se recuerdan durante un conflicto. Ocurrió entre la Nochebuena y el día de Navidad de 1914, en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Un inesperado, espontáneo y efímero armisticio que, según muchos de sus protagonistas y testimonios, contó con el fútbol como hilo conductor.

Discutida por muchos otros, elevada a mito por la literatura, el cine y la publicidad, recobra un especial sentido la Tregua de Navidad en estos tiempos que corren, mientras la humanidad libra otra batalla, más silenciosa pero con una letalidad nada despreciable, contra el coronavirus, la COVID-19, que abre las puertas también en las fechas navideñas a otra suerte de tregua sentimental, sin dejar de lado ni un solo momento la más mínima precaución sanitaria, para conmemorar la vida incluso cuando casi todo son malas noticias.

Esta historia une a los soldados británicos y alemanes, pero también a Sir Richard Attenborough, Michel Platini, Theo Walcott, Paul McCartney, los Oscars y hasta, en contra de su voluntad, a Adolf Hitler. Como escribió Sir Arthur Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes, se trató de «un espectáculo asombroso, un episodio humano en medio de las atrocidades de la guerra«.

Franz Ferdinand es más que una banda ‘indie’ de rock. En primer lugar, fue el heredero al trono austrohúngaro cuyo asesinato, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, precipitó el inicio de la Primera Guerra Mundial. La Gran Guerra, como la conocían entonces, porque por supuesto desconocían que habría una segunda al cabo de unas décadas. De hecho, creían que esta duraría unos pocos meses. Pero la cosa se fue complicando.

Un aparente conflicto entre Austria-Hungría y Serbia, con el imperialismo como telón de fondo, pronto invocó a las principales potencias. A los primeros los apoyaba Alemania (y más tarde se uniría Italia, en la llamada Triple Alianza). El otro bando, conocido como la Triple Entente, englobaba Reino Unido, Francia y Rusia. Al final, no obstante, se unirían el imperio Otomano, Bulgaria, Estados Unidos, Japón… Una barbaridad de 70 millones de soldados.

Para el caso que nos ocupa, Alemania trazó un plan para invadir rápidamente Francia, que a efectos prácticos consistió en tomar Luxemburgo y Bélgica, en agosto, antes de avanzar hacia París, donde les esperaban el ejército francés y los primeros destacamentos de la Fuerza Expedicionaria Británica. Y eso les obligó a recular. A finales de año ya se había establecido en la zona más cercana a la frontera de Francia y Bélgica el denominado Frente Occidental. Unas trincheras estáticas que durarían años.

Aunque la mayoría de documentos indican que dos terceras partes de las tropas involucradas en este frente, unos 100.000 soldados, participaron de la Tregua de Navidad, es decir, en el cese de hostilidades, más discusión existe sobre el lugar donde se arrancaron a jugar a fútbol. El que más consenso genera es Ypres, Bélgica, conocida como la Ciudad de la Paz a pesar de que dio nombre no una sino a tres batallas (la primera, en noviembre de ese mismo año) durante la Primera Guerra Mundial.

Pero la Biblioteca Nacional de Escocia, por ejemplo, lo sitúa entre Pont Ballott y Hobbs Farm, algo más al sur. Y también hay libros que hablan de un punto a medio camino, Ploegsteert. Quizá es que se jugaron varios partidos. O que, en tiempos de guerra, muchos soldados, desorientados, no sabían ni dónde se encontraban con exactitud.

Sobre los motivos que llevaron a la tregua, cuando en apenas cinco meses de contienda los británicos ya habían perdido a unos 90.000 hombres, por hasta 300.000 germanos, también hay debate. Máxime cuando el Papa Benedicto XV había propuesto ya que se abandonaran las armas durante 12 horas el día de Navidad pero los altos cargos se habían negado.

Esa fue la clave: la tregua de Navidad fue cosa de soldados rasos, por eso no figura en los cuadernos de guerra y sí en cartas personales o en la tradición oral. Una especie de insumisión sin consecuencias entre militares que no luchaban en la misma guerra que sus superiores. Se sabe, por ejemplo, que los británicos habían ordenado ataques agresivos entre el 14 y el 19 de diciembre, por lo que se pasó de un extremo a otro para llegar al 24 y 25 de diciembre.

¿Y cómo se produjo en realidad la Tregua? Pues de la forma más sencilla, en eso sí coinciden los testimonios de ambos bandos, cuyas trincheras estaban separadas por apenas 30 metros, lo que les permitía olisquear la comida de sus enemigos y, especialmente en este caso, escuchar los villancicos que cantaban.

«Era una preciosa noche iluminada por la luna, con la tierra helada, casi todo cubierto de blanco. Y, de repente, desde las trincheras alemanas comenzaron a cantar ‘Stille Nacht’ (Noche de Paz, de origen austríaco). Jamás lo olvidaré, fue uno de los momentos más destacados de mi vida», narraba Albert Moren, del Segundo Regimiento de la Reina.

Empezaron a cantar por turnos varios villancicos en sus respectivas lenguas. Mientras tanto, la sección del teniente Hugo Klemm, que poseía unos arbolitos navideños con velas que les habían enviado –a los germanos por tren, a los ingleses les había llegado comida y cigarrillos por barco–, rompió el hielo cruzando hasta la trinchera inglesa a regalar uno a sus teóricos enemigos.

«De pronto, comenzaron a aparecer luces a lo largo del parapeto alemán, que eran evidentemente árboles de Navidad adornados con velas», ratificaba Graham Williams, del quinto London Rifles. “Cuando comenzamos a cantar ‘O Come, All Ye Faithful’, ellos inmediatamente se unieron cantando el mismo himno con las palabras ‘Adeste Fideles’. Y pensé, bueno, es lo más extraordinario que puede suceder, que dos naciones canten el mismo villancico en mitad de la guerra«.

En otro punto, explica el investigador Iain Christopher Adams de la University Central Lancashire, «después de tantearse mucho, acordaron que dos hombres de cada bando salieran y se encontraran. El teniente de 19 años Ian Stewart, el oficial más joven de la BEF (Fuerza Expedicionaria Británica) que en ese lugar supiera hablar algo de alemán, salió acompañado por el sargento Minnery«.

«Stewart percibió que la conversación se parecía al encuentro con un fan de un equipo de fútbol rival. Recibió un cigarro, que le hizo sentirse mal, y fotografías del equipo de fútbol del regimiento de Sajonia. En agradecimiento, él le dio al oficial germano, un hombre de su edad y de un nivel de inglés parecido a su alemán, una lata de ‘bully beef’ (una carne de ternera en conserva)». No en vano, muchos alemanes chapurreaban inglés porque habían trabajado en Inglaterra.

Desde el bando alemán, contaba el soldado Josef Wenzl que !no podía creer lo que veía con mis ojos. Lo que hasta unas horas antes había sido una locura se convirtió en un inglés tras otro acercándose más allá de mitad de camino hacia nuestra trinchera. Y así, bávaros e ingleses, hasta entonces los enemigos más grandes, se daban las manos hablaban e intercambiaban objetos!. Eran, entre otros, chocolatinas o pitillos, como también detallaba H. Scrutton, del regimiento de Essex.

Y así, la Tregua de Navidad se fue definiendo bajo un pacto tácito que en Inglaterra se conoce bajo el lema ‘You no shoot, we no shoot’ (Si vosotros no disparáis, nosotros tampoco), que según la leyenda entonaron algunos soldados germanos.

Pero la versión más probable es que este armisticio improvisado se acabara de sellar cuando soldados de uno y otro bando negociaron qué hacer con los innumerables cadáveres que yacían en esa tierra de nadie, entre una trinchera y la otra. Acordaron enterrarlos. Y, por crudo que suene, ya podían contar llegados al caso con algo parecido a un campo de fútbol.

Lo cierto es que no jugaron sobre un manto verde al estilo de los actuales, puesto que los archivos meteorológicos sitúan ese diciembre de 1914 en la zona lluvias récord desde 1876. Una terrible humedad acompañada de frío y, por supuesto, de socavones producidos por las bombas que no habían dejado de caer. Impoluto terreno de juego, vaya.

¿Y quiénes protagonizaron el partido? Se trataba, principalmente, de dos cuerpos de infantería. Por el bando británico, el segundo batallón de los Argyll and Sutherland Highlanders. En el frente germano, el regimiento 133 de Sajonia.

Pasado futbolero, además, tenían un rato. Explica Pehr Thermaenius en el libro ‘The Christmas Match: Football in No Man’s Land 1914’, que los Argyll provenían de la clase obrera escocesa, por lo que el balompié era su deporte favorito, y que en 1889 se habían proclamado campeones de la Army Cup en su primera edición, en torneos menores en la India, y en 1908 y 1909 del South Africa Army Championship. Campeones en Sudáfrica justo un siglo antes del Mundial de España, aunque de otra manera.

Por su parte, el regimiento 133 era procedente de Zwickau, cuyo equipo de fútbol –el Fussballclub 02 Schedewitz– registraría 18 bajas durante la guerra solo en 1914, de modo que perfectamente podían ser soldados de esta trinchera, participantes con mucha probabilidad en la Tregua de Navidad. El oficial al mando del 133 al inicio de la contienda, Alfred Von Kostch, explicaba que una de las obligaciones de las tropas de apoyo era organizar torneos de fútbol para que jugasen los soldados que volvían desde la primera línea de combate. Pero esta vez ni siquiera les hizo falta regresar.

De cómo se originó el partido, el testimonio más amplio es el que ofreció el teniente alemán Johannes Niemann, del regimiento 133, en el documental ‘Christmas Day passed quietly’ de la BBC Radio, en 1968.

!De repente, un subalterno se tiró dentro del refugio subterráneo para decirnos que soldados tanto alemanes como escoceses habían salido de sus trincheras y estaban confraternizando por todo el frente. Saqué mis prismáticos con precaución sobre los parapetos. Y vi la increíble imagen de nuestros soldados intercambiando cigarrillos, aguardiente y chocolate con el enemigo!, relataba.

Y ahí viene lo bueno: !En un momento dado, un soldado escocés apareció con un balón de fútbol que parecía surgir de la nada y, en cuestión de unos pocos minutos, se estaba disputando un auténtico partido. Los escoceses marcaron su portería con sus extraños cascos y nosotros hicimos lo propio con los nuestros. No era nada sencillo jugar sobre el terreno helado, pero continuamos, cumpliendo rigurosamente las reglas, salvo en los detalles de que duró una hora y de que no hubo árbitro!.

«Muchos de los pases se marcharon demasiado largos, pero todos los futbolistas amateurs, a pesar de que tenían que estar muy cansados, jugaron con un enorme entusiasmo«, abundaba Niemann, quien incluso le puso un punto de humor: «Los alemanes realmente nos ruborizamos cuando un golpe de viento reveló que los escoceses no llevaban calzoncillos bajo sus faldas, y silbábamos cada vez que veíamos el trasero de uno de nuestros enemigos del día anterior», bromeaba.

El teniente siempre sostuvo que el marcador final fue un 3-2 para los alemanes, una versión que se popularizó especialmente después de que Robert Graves, que había servido en la Primera Guerra Mundial en los Royal Welch Fusiliers, la diera por buena en su relato breve ‘Christmas Truce’, de 1962.

Precisamente otro fusilero galés, Bertie Fesltead (que vivió hasta 2001, con 106 años), recordaba sin embargo que «no fue propiamente un partido. Podía haber 50 personas de cada lado y duró probablemente media hora«. Otras voces sitúan el encuentro entre las dos y las cuatro de la tarde. Y probablemente todos tengan razón, puesto que, como indicaba el sargento británico Clement Barker, «se montaron partidos en al menos tres o cuatro puntos del frente«.

Más poesía le añadía Kurt Zhemisch, del regimiento sajón, cuando exclamaba «qué maravillosamente fabuloso y qué extraño fue. Los oficiales ingleses sentían lo mismo. La Navidad, la celebración del amor, logró juntar a enemigos a muerte por un día… Les dije que tampoco queríamos disparar el segundo día de Navidad (en realidad, se refiere al 25 de diciembre), y ellos lo aceptaron«.

El caporal George Ashurst sacaba otro tema a relucir, la composición del balón, al explicar la anécdota de que «mientras unos cuantos alemanes se divertían deslizándose por un pequeño estanque helado justo en la parte trasera de sus trincheras, bastantes de nuestros chicos utilizaban un saco de arena para jugar al fútbol«.

Detallaba en su diario –exhibido en el National Football Museum, en Manchester– el teniente británico Charles Brockbank, que «había una multitud entre las trincheras y alguien sacó una pequeña pelota de goma, así que por supuesto empezó un partido de fútbol».

El soldado Collier, de los Argyll, aseguró «que alguno de los hombres del pelotón habían hecho una bola con papel, trapos y cuerdas, y eso fue lo que utilizaron de balón durante unos 20 minutos, hasta que se hizo añicos y se acabó el encuentro«. Un relato que desmitifica el gran partido, pero que al mismo tiempo le añade autenticidad. El fútbol de calle llevado a la trinchera.

Pero lo sucedido el 24 y 25 de diciembre de 1914 en el Frente Occidental de la Primera Guerra Mundial no fue más que un espejismo, un cuento de hadas si lo prefieren, que se derrumbó cual castillo de naipes el día después. Acaso existen pocos testimonios que sinteticen mejor la crueldad de una batalla que el del soldado M. Rivett, del regimiento de Lincolnshire.

«¡Menudo cambio al día siguiente! Nuestro batallón volvía a estar concentrado en las trincheras. La paz y los buenos deseos ya se habían olvidado. Cada hombre estaba intentando hacerlo lo mejor posible para matar uno a uno a todos los enemigos que pudiera«, dejó escrito.

La prensa, especialmente la inglesa, tardaron pocas jornadas en hacerse eco de una tregua excepcional, con imágenes, algunos testimonios y, conforme pasaban las semanas, con retales de muchas de las cartas que los soldados iban enviando a sus familiares. También cruzó el charco: «Las trincheras cambian pistolas por vino», titulaba el New York Times. En general, la reacción a un armisticio tan inesperado transitaba entre el milagro y la rebelión.

Y esta última fue la línea que se tomó desde las altas instancias, donde pronto se consideró una alta traición lo sucedido durante la Navidad de 1914, de modo que nunca más ocurrió. Y eso que la guerra se alargó, que en determinadas zonas como la que nos ocupa en los límites entre Bélgica y Francia las trincheras se eternizaron durante cuatro largos años, y que desde el bando alemán se procuró algún tímido intento.

Pero el desgaste de las batallas, con más víctimas y rencores, la progresiva profesionalización de lo que en principio habían sido gente de calle enviada al frente sin comerlo ni beberlo, y las órdenes de arriba hicieron imposible algo parecido a una nueva tregua, y menos aún con un partido de fútbol de por medio.

Es más, desde algunos sectores se aprovechó lo acaecido en Navidad para conocer más y mejor el sistema de las trincheras enemigas –todavía muy precarias, enfangadas hasta arriba por las descritas condiciones climatológicas e insalubres por la cantidad de cadáveres y ratas– para atacar mejor. La guerra cambió. A peor.

En la contienda, se impusieron los británicos y el bando aliado, si es que en una guerra hay ganadores. Pero en el partido de las trincheras la victoria había sido para los germanos. Así que, aunque fuera simbólico, cualquiera en el deporte entiende que todo perdedor merece una revancha. Y los ingleses la tuvieron un siglo después.

En un escenario afortunadamente más apropiado, el Electrical Services Stadium, de Hampshire, Reino Unido, se disputó esta vez el encuentro. No era zona neutral, sino la sede del Adelrshot Town FC y, situado a su vez en el lugar conocido como la ‘ciudad militar’, es decir, que alberga a los militares ingleses.

Ante 2.547 espectadores, esta vez fueron las tropas británicas las que se llevaron la victoria, con luz y taquígrafos, por un solitario gol a cero. El teniente Calum Wilkinson tuvo el privilegio de anotar el tanto, observado desde la grada por un sinfín de autoridades, entre las cuales Sir Bobby Charlton.

«He sentido escalofríos«, declararía Wilkinson, conmovido no solo por la celebración del centenario sino por los prolegómenos. No en vano, una joven cantante lírica, Marilena Grant, se encargó de entonar el ‘Noche de Paz’ alternando el inglés y el alemán. Tal como en el evento original.

Además de este encuentro, los homenajes se sucedieron en 2014 coincidiendo con el centenario del mágico partido. En Bélgica, en el punto donde supuestamente se jugó, Michel Platini descubrió una escultura en nombre de la UEFA. «El fútbol es un lenguaje universal que abre nuestros corazones, que favorece el contacto entre culturas y que une a las personas más allá de las fronteras», proclamó en su discurso.

También la federación inglesa (Football Association) y la Premier League fomentaron celebraciones, como un programa entre las escuelas del país, un torneo Sub-12 (al estilo del de Brunete) en la mismísima localidad de Ypres o un concurso para diseñar un memorial, cuyo escrutinio corría a cargo de un jurado encabezado por Theo Walcott. Lo ganó un niño de diez años. «Esta escultura da vida a un momento de paz gracias al fútbol en tiempos de guerra«, describiría el entonces delantero del Arsenal.

Como sucede con todo hecho único, el mundo del arte acabó volcando su interés sobre la Tregua de Navidad. Uno de los primeros en reflejarlo fue Sir Richard Attenborough en su ‘¡Oh, qué guerra tan bonita!’, película de 1969 que recrea un breve encuentro de unos seis minutos entre soldados de ambos frentes bromeando e intercambiando cigarros y chocolatinas.

Mucho más se extiende ‘Joyeux Noel’, del director francés Christian Carion, que en 2005 dedicó directamente todo un largometraje a la tregua, con partido incluido en la trama, que llegó a candidata al Oscar y al Globo de Oro como peli de habla no inglesa. Solo tres años antes, en 2002, Dave Unwin había dirigido un corto, ‘War Game’, que narraba la parte futbolera, basado en el libro infantil del mismo título editado en 1993 por Michael Foreman.

Hablando de literatural, los personajes de ‘La caída de los gigantes’, el enésimo ‘best seller’ en forma de novela de Ken Follett, editado en 2010, se ven envueltos en un momento de la trama en el escenario y momento de la tregua.

Y ni que decir tiene que dio la vuelta al mundo en tiempo récord, cosas del Youtube y de las redes sociales, el emotivo y cinematográfico spot que coincidiendo con el centenario de lo ocurrido, en 2014, realizó la cadena de supermercados Sainsbury’s para lanzar su tradicional campaña navideña.

Aunque, para clásicas, las dos canciones que homenajearon la Tregua de Navidad y que, décadas después de producirse, siguen vigentes en la música de estas fechas. Por un lado, el ‘All together now’ que la banda de Liverpool The Farm lanzó en 1990, cuya letra hace una alusión directísima a la unión inaudita de aquella Nochebuena en las trincheras belgas.

Por otro, el legendario ‘Pipes of Peace’ de Paul McCartney, quien en 1983 publicó este canto pacifista en cuyo videoclip el exBeatle doblaba personajes –como militar británico y alemán– con el armisticio y el partido de fútbol como telón de fondo. Y jugando con la polisemia del verbo «play». «Let us show them how to play the pipes of peace» (Dejen enseñarles cómo jugar/tocar/emplear las pipas de la paz».

¿Y si les dijéramos, llegados a este punto, que la Tregua de Navidad no existió? ¿O que no se jugó ningún partido de fútbol? Es lo que sostienen algunas teorías, fundamentadas en las exiguas pruebas que se conservaron más allá de los mencionados testimonios o la fotografía que encabeza este reportaje, ya que muchos de los soldados eran profesionales, dispuestos a todo, como lo demostró el hecho de que la guerra duraría cuatro años más. Y que cerca de las posiciones de los protagonistas ingleses y alemanes se encontraban los frentes belga y francés, muy activos según los documentos de la época.

Lo cierto es que, por citar un dato, la Commonwealth War Graves Commission notificó que entre los días 24 y 25 de diciembre de 1914 murieron 364 soldados británicos. Pero estos podían ser de otros frentes. O heridos graves previamente. No es concluyente.

Asimismo, hay quienes reivindican que ningún soldado se hubiera atrevido a salir de la trinchera tan fácilmente, habida cuenta de que ambos bandos contaban con francotiradores implacables que se turnaban las 24 horas para disparar a la que el cuerpo de un enemigo se elevase un solo palmo de su parapeto.

Y, por supuesto, también existe alguna declaración contraria a la tregua, como la de Harold Lewis, artillero de la Guardia Real británica, recogida por el Imperial War Museum. «Sería arrogante decir que nunca tuvo lugar, pero dudo bastante de que tuviera la magnitud que se ha descrito. El ejército alemán era rígidamente disciplinado, el nuestro tiene una formación profesional exquisita, y jamás lo habrían roto. Y si alguien lo intentó, ¿qué hacían mientras tanto los oficiales? Creo que roza el cuento de hadas«, se cuestiona Lewis, que sin embargo, en aquella Navidad de 1914 no se encontraba destacado en el Frente Occidental, luego no se trata de un testimonio sino de una opinión.

Acaso una de las mayores pruebas de que verdaderamente ocurrió la aportó, por el enfado que se le percibe, un caporal del regimiento 16 de Baviera. «Este tipo de cosas no deberían suceder en tiempos de guerra. ¿Acaso no tenéis, alemanes, sentido del honor?«. Ese caporal era ni más ni menos que un tal Adolf Hitler. Y eso que ‘Noche de paz’, el que se había cantado en las trincheras, era curiosamente su villancico preferido, hasta el punto de que en 1941 le cambiaría uno de sus versos por «Adolf Hitler vela por el destino de Alemania».

Y otro caporal, A. Wyatt, de la compañía A 1º de Norfolks, confesaba en una carta a sus padres algo difícilmente rebatible: «El partido de fútbol entre británicos y alemanes en primera línea fue real. Yo fui uno de los que jugó«.

El caso es que, edulcorado o no, cada cual tendrá su punto de vista sobre si la Tregua de Navidad ocurrió en toda su plenitud o el tiempo la fue elevando a categoría de mito, incluso para sus protagonistas. La realidad es que el hecho reflejó por un lado que unos mandan y otros mueren. Por otro, que el fútbol no conoce fronteras desde tiempos inmemoriales. Y, en general, que incluso las situaciones más inhóspitas, crueles o bárbaras pueden dejar una rendija para que brote un halo de esperanza sobre el ser humano.

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