A cinco años del Acuerdo de París: logros y frustraciones

En los últimos años, la avalancha de noticias sobre desastres climáticos extremos ha sido enorme (inundaciones, incendios forestales, huracanes, marejadas, sequías, olas de calor, entre otros). Los científicos alertan desde hace tiempo que estamos frente a un conflicto sin precedentes, el cual tiene el potencial de reducir al mínimo las opciones de bienestar de las futuras generaciones. Al cumplirse el pasado 12 de diciembre el quinto aniversario desde la aprobación del Acuerdo de París, nos obligamos  a hacer un balance con vista a destacar no solo las frustraciones sino también sus logros que tienden a pasar desapercibidos. Con la salida de Trump un negacionista, la llegada de Biden un defensor del clima, el liderazgo de la UE y la aplicación de las vacunas para el COVID19, el escenario ha cambiado, ahora abrigamos una renovada esperanza en la cooperación internacional para reducir las diferencias entre la ambición y la acción climática.

Algunos logros del Acuerdo

 Una cuestión que ha fortalecido la acción climática ha sido la conciencia ciudadana, en especial, las movilizaciones de la juventud por el clima. Los jóvenes de todos los continentes, ven que el cambio climático no es una cosa de largo plazo, sino que está ocurriendo ahora, y que los impactos se sufren ahora. Las encuestas muestran que la gente está preocupada (incluso en EEUU más del 60%) y quiere más, no menos, acción climática. Otro aspecto muy positivo ha sido conseguir  el compromiso de líderes empresariales y subnacionales, que en algunos casos compensaron la falta de acción nacional. Los Gobiernos ya no pueden argumentar que no actúan porque los ciudadanos no lo aceptarían, porque eso no es cierto. Si no lo hacen, como en muchos asuntos es el caso de Chile, es porque se quiere proteger, irracionalmente, a sectores económicos que no quieren cambiar.

Una de los mayores logros ha sido la aceptación del 1,5ºC como límite para el aumento de la temperatura global de la época preindustrial. Exigido durante mucho tiempo por los estados insulares más vulnerables como esencial para su supervivencia, el 1.5ºC fue descartado antes como inviable por las potencias. 2ºC era para ellos el objetivo moderado y razonable. Se invitó al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático a producir un informe especial sobre la materia. Publicado en 2018, reforzó la diferencia que haría ese medio grado en millones de vidas.

 

Otra cuestión que se ha adoptado rápidamente, es el concepto “emisiones netas cero”, con adherentes como China, Japón y Corea del Sur uniéndose a la UE, Chile y el Reino Unido, entre otros. Todos ellos están estableciendo objetivos de neutralidad de carbono, es decir, que en 2050 las emisiones sean iguales a la capacidad de absorción de esos gases por los sumideros naturales (por ejemplo, los bosques, océanos, suelos). El concepto ha demostrado ser muy útil ya que traduce el límite del calentamiento global en un hito muy práctico, con implicaciones para las inversiones. Si su objetivo es cero en 30 años, no tiene sentido construir una planta de carbón contaminante, un oleoducto o una terminal de GNL con una vida útil típica de 40 años o más.

La resiliencia política del Acuerdo ha sido digna de admiración. El retiro de EEUU fue un golpe duro. Durante el mandato de Trump, el segundo emisor del mundo no contribuyó a los recortes de carbono, animando a otros a imitarlo. Pero el Acuerdo, mostró una gran capacidad para absorber los cambios políticos de las Partes y la tropelía no condujo, como algunos temían, a un éxodo de negacionistas. Incluso Bolsonaro, se convenció que era mejor quedarse. Estados Unidos se aisló, pero ahora está listo para volver al Acuerdo en enero 2021, apenas asuma Biden a la Presidencia.

En el marco del Acuerdo se han forjado también nuevos liderazgos. Los 27 Estados Miembros de la Unión Europea, en la Cumbre realizada el viernes 11 de diciembre pasado, reconfirmaron su compromiso y liderazgo en materia de cambio climático, aprobando reducir sus emisiones en al menos un 55% para 2030. Una cifra respetable. Esta decisión permitirá a la UE presentar antes de que acabe 2020 una nueva NDC con el objetivo de alcanzar ese recorte. En la misma cumbre, se aprobó el presupuesto de la UE y del Fondo de Recuperación Verde, un total de 1,8 billones de euros que se destinarán en buena parte a financiar la transformación industrial y social que requerirá la reducción de emisiones. Por su parte, EE UU, pretende competir con la UE y China para recuperar una posición de liderazgo. Biden está comprometido, pero quizás no pueda hacer mucho. Sería muy difícil si no tiene mayoría en el Senado como para contar con una política más ambiciosa.

Uno de los mayores logros ha sido la aceptación del 1,5ºC como límite para el aumento de la temperatura global de la época preindustrial. Exigido durante mucho tiempo por los estados insulares más vulnerables como esencial para su supervivencia, el 1.5ºC fue descartado antes como inviable por las potencias. 2ºC era para ellos el objetivo moderado y razonable. Se invitó al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático a producir un informe especial sobre la materia. Publicado en 2018, reforzó la diferencia que haría ese medio grado en millones de vidas.[/destaque]

La financiación ha cambiado de forma decisiva a favor de un cambio a energía limpias. El Acuerdo de París ha establecido la señal de que las mejoras en tecnologías son una inversión valiosa y segura, mientras que los combustibles fósiles son cada vez más riesgosos. La crisis del coronavirus reforzó este mensaje. En la primavera de 2015, se argumentaba que las plantas de carbón eran la «opción lógica» para los países en desarrollo. Pero hoy la Agencia Internacional de la Energía, notoriamente conservadora, elogia la energía solar y eólica como las más resistentes a una caída de la demanda inducida por el COVID19. Las instituciones financieras asiáticas están siguiendo a sus contrapartes occidentales en la inclusión del carbón en la lista negra, una postura respaldada por China. Lo más estimulante es que las empresas de energías limpias están superando a las petroleras en términos de valor de mercado. Por supuesto, no podría ser de otra manera ya que ha sido el mercado el que ha adelantado la fecha para el máximo de demanda de petróleo, considerando que la demanda nunca volverá a los niveles previos a la pandemia.

Un punto débil del Acuerdo de París es que no tiene un mecanismo central de fiscalización de compromisos obligatorios. Eso no significa que no se pueda hacer cumplir lo prometido. Ha promovido indirectamente un paulatino cambio institucional entre los responsables de la acción climática. Ya no se deja en manos de los gobiernos, hay nuevos actores que van desde organismos no gubernamentales, centros académicos, reguladores financieros hasta autoridades municipales. Todos ellos están incorporando los principios del Acuerdo en sus políticas, creando nuevas vías para la rendición de cuentas. Más de 400 bancos de desarrollo se comprometieron a alinearse con el Acuerdo de París y un puñado de bancos asiáticos están bajo presión para seguir su ejemplo. La UE ha hecho del cumplimiento del Acuerdo de París una condición dentro de cada acuerdo de libre comercio firmado desde 2015.

 Las frustaciones por el debilitamiento del Acuerdo

Un caso patético es que aún falta por aprobar el artículo 6 del Acuerdo.  Es decir, todavía no contamos con un “Libro de Reglas” que administre la aplicación del Acuerdo. Algo trascendental, ya que se refiere a los mercados de carbono, y apenas cinco países han actualizado sus Contribuciones Determinadas Nacionalmnete (NDCs,por su sigla en inglés). Lo nefasto es que son voluntarias, cuando deberían ser obligatorias ante la gravedad de la crisis climática. Las NDCs son los planes de recorte de emisiones para la próxima década como exige el Acuerdo y que debían ser presentadas a la COP26. Con la crisis económica y el COVID, se han postergado, al igual que la COP26 que debería haberse realizado en diciembre 2020 y se postergó a noviembre 2021.

Frente a los pocos países que han actualizado sus planes para NDCs más ambiciosas, hay más de un centenar que sí se han comprometido a alcanzar en 2050 la neutralidad de carbono. ¿Por qué? Porque esta tendencia permitiría esconder a la larga el incumplimiento de las metas de reducción. Como son voluntarias más allá del castigo moral no se les podría hacer nada. El temor es que los Gobiernos se escuden en esos planes a largo plazo para no presentar NDCs más ambiciosas en el corto plazo. De allí, que sea imprescindible presionar para que los países presenten pronto lo que van a hacer. No sirve guardar las apariencias con anuncios de metas para 2050 si no hay un plan para avanzar desde hoy hacia ese objetivo. En el caso de Chile, valdría la pena poner más atención a este asunto. Todo plan para la neutralidad debe empezar ahora, no dentro de 5, 10 ni 20 años.

Continúan aumentando las emisiones de gases de efecto invernadero con mil millones de toneladas de CO2 agregadas a las cifras anuales entre 2015 y 2018. Actualmente las emisiones de gases de efecto invernadero son un 62% más altas que cuando comenzaron las negociaciones climáticas internacionales en 1990. Este incremento está dominado por las economías emergentes en Asia, ya que las industrias energéticas establecidas satisfacen el hambre de crecimiento por cualquier medio. Las economías avanzadas no están reduciendo las emisiones de manera rápida o constante. Se sabe que la reducción drástica de los viajes y la actividad económica durante 2020, para frenar la propagación del COVID19, solo redujo las emisiones globales de CO2 relacionadas con la energía en un 7% interanual. Ese ritmo tendría que mantenerse en ausencia de una pandemia para alcanzar la meta de 1,5°C. Los informes de la comunidad científica apuntan a que los escenarios más pesimistas están ocurriendo. La evolución de la crisis climática es más preocupante de lo que se pensaba hace cinco años. Tanto, que la meta de evitar que la temperatura global no supere el 1,5ºC, se complica cada vez más.

 Un sector que no está cooperando y rehúye responsabilidades es el transporte internacional. Los primeros borradores del Acuerdo de París pedían explícitamente a los responsables que establecieran objetivos sectoriales de reducción de emisiones. Ese texto fue eliminado en algún mal momento de las negociaciones. La Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) y la Organización Marítima Internacional (OMI) continuaron participando, pero ninguna de las dos está alineada con un límite de calentamiento global de 1,5°C o 2°C. La huella de carbono de los dos que asciende al 6% de las emisiones globales, seguramente aumentará y será cada vez más si no se toman medidas más contundentes.

 Como sabemos, a medida que aumentan las emisiones el sobrecalentamiento global también se eleva. El año 2020 alcanzará el más alto sobrecalentamiento registrado a la fecha, a pesar del actual efecto de enfriamiento de La Niña, siendo la década 2010-2019 la más calurosa en la historia de la humanidad. Por otra parte, el calor de los océanos está en niveles récord y los datos indican que la temperatura media global para 2020 ya es aproximadamente 1,2°C por encima de los niveles preindustriales. Se vaticina que de seguir así llegaríamos a 3,0°C  a fines de siglo. Hoy tenemos Incendios forestales catastróficos en el Ártico, EEUU, Asia y el Pacífico, Australia, Chile, Amazonía; ciclones inusuales que azotan África, Asia y el Caribe. Las megasequías e inundaciones confunden a los agricultores de subsistencia y pequeños empresarios en todo el mundo. La ciencia nos confirma que todos estos eventos climáticos extremos se deben al calentamiento global. Lo preocupante, es que la atmósfera seguirá con nuevos récords durante generaciones. Las temperaturas no se estabilizarán hasta que las emisiones sean “netas cero”, porque el CO2 se acumula en el aire.

Por todo ello, no podemos sino sentir una gran frustración al verificar cada año el aumento de la producción de combustibles fósiles. Para entender la fragilidad del Acuerdo de París sólo hay que mencionar que palabras como “combustibles fósiles” «carbón», «petróleo» o «gas [metano]» no aparecen en el texto. No obstante, para cumplir con los objetivos del Acuerdo, la mayor parte de esos hidrocarburos deben permanecer en el suelo, pero eso aún no se respeta, se trata de una verdad demasiado contundente para ser aceptada por los países que dependen económicamente de ellos. Resulta inadmisible que a cinco años del Acuerdo, si bien la crisis del coronavirus ha generado una incertidumbre considerable sobre el futuro de los mercados del carbón, el petróleo y el gas, muchos gobiernos persistan en aumentar los sectores contaminantes. Es que los productores responden a un incentivo perverso para explotar pronto sus reservas: las ventas de liquidación. Eso conlleva riesgos para el clima y para trabajadores, comunidades y ciudadanos que dependen de los ingresos del petróleo. Con un Acuerdo de París mal equipado para enfrentar esta dinámica, algunos países están pidiendo un pacto adicional al estilo de la OPEP, con objeto de disminuir de una manera  controlada la producción de combustibles fósiles. ¿Será posible?

A manera de conclusión

 El Acuerdo de París estará plenamente operativo a partir de 2021, pero como lo hemos revisado en este breve exámen ya estamos con incumplimientos serios, en parte por la pandemia pero gran parte por la codicia, desidia e inacción. Si bien lo logros son importantes, las frustraciones nos muestran una oscura realidad plena de incertidumbres. ¿Cuánto hemos avanzado en cinco años? Muy poco. Este debilitamiento del Acuerdo nos demuestra que estamos frente a una prueba política y moral muy compleja a la cual tenemos que responder todos: Estados, gobiernos, políticos, empresas, ciudadanos y juventud. La responsabilidad que debemos asumir es enorme, se trata de proteger los intereses de nuestros nietos y bisnietos. No podemos legarles un mundo en ruinas. Tampoco podemos olvidar las enormes pérdidas económicas por la destrucción de infraestructuras, hogares y servicios que afectan en mayor medida a las personas de menores ingresos, con enfermedades, hambrunas, migraciones, desempleo o creciente desigualdad.

Dentro de los países y entre ellos, las personas pobres y marginadas son las más expuestas a la crisis climática. Por esa razón, debemos tener muy claro que el Acuerdo de París no trata sólo de reducir emisiones de CO2. Cubre la adaptación a los impactos del cambio climático y reconoce que algunas personas experimentarán pérdidas y daños que no se pueden mitigar ni adaptar. Pide a los países desarrollados que apoyen a las naciones más pobres con financiación, tecnología y formación. Los flujos de financiación climática de los gobiernos ricos se han incrementado a primera vista. Pero la mayoría se entrega en forma de préstamos, no de donaciones, lo que aumenta la carga de la deuda de los países en desarrollo. El crecimiento económico en los países de ingresos medios tiene eternamente prioridad sobre la equidad y el medioambiente. Tampoco hay compensación para las víctimas de los desastres climáticos, sólo Cumbres de Jefes de Estado, discursos, reuniones y blabla, que cuestan cientos de miles de dólares

En conclusión, lo prioritario salta a la vista: se necesita mucho más solidaridad global y protección del bien común para que el Acuerdo de París funcione, con medidas concretas a ejecutar por los gobiernos para (i) poner un precio a las emisiones de carbono; (ii) dejar de invertir en combustibles fósiles; (iii)  eliminar gradualmente los subsidios a los combustibles fósiles; (iv) prohibir instalación de nuevas centrales eléctricas de carbón; (v) cambiar las bases de sus sistemas fiscales para que además de gravar los ingresos empiecen a gravar la contaminación; y vi) dar fuerte ayuda financiera, tecnológica y logística a las comunidades más pobres y vulnerables. Ni más ni menos.

En la primavera de 2015, se argumentaba que las plantas de carbón eran la «opción lógica» para los países en desarrollo. Pero hoy la Agencia Internacional de la Energía, notoriamente conservadora, elogia la energía solar y eólica como las más resistentes a una caída de la demanda inducida por el COVID19. Las instituciones financieras asiáticas están siguiendo a sus contrapartes occidentales en la inclusión del carbón en la lista negra, una postura respaldada por China. Lo más estimulante es que las empresas de energías limpias están superando a las petroleras en términos de valor de mercado. Por supuesto, no podría ser de otra manera ya que ha sido el mercado el que ha adelantado la fecha para el máximo de demanda de petróleo, considerando que la demanda nunca volverá a los niveles previos a la pandemia.

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