Balance 2020: el año que vivimos en peligro

Qué difícil es describir este eterno, complejo y también trágico 2020. De hecho, partí pensando en qué imagen podía representar el inicio de la década y me fue imposible encontrar un solo ícono que simbolizara lo que marcó a Chile durante el año. Por supuesto que el plebiscito del 25 de octubre es el hecho más relevante por su implicancia, aunque lo más obvio sería mencionar al COVID-19, porque ese fue el escenario, el contexto en que nos movimos. La verdad es que el virus exportado desde China –¿alguien sabe por qué en Wuhan volvieron a vivir como si nada y sin segunda ola?– golpeó fuerte en todo el mundo, pero principalmente puso a prueba la capacidad de gestión y liderazgo de los mandatarios. Sin duda, el gran perdedor fue Donald Trump. En Chile, Sebastián Piñera alcanzó –al comienzo de la pandemia– a vislumbrar una oportunidad de revertir su deteriorada imagen que arrastraba producto del 18/0, sin embargo, no pasó de ser un espejismo. Doce meses después, el Mandatario chileno tiene prácticamente el mismo respaldo: 6% en la encuesta CEP de 2019 y 7% en la Criteria de este mes.

Lo cierto es que Piñera logró entusiasmarse con la opción que le podía dar el SARS-CoV-2. La Moneda hizo un giro comunicacional evidente y centró todas sus cartas en la manera en que enfrentaría el virus.

Desde enero, comenzó a informar que estaban preparando un plan y dar señales que proyectaran control, ese que no habían tenido por meses. El verano y el miedo creciente por lo que estaba pasando en el otro hemisferio, hicieron que la gente dejara de protestar en Plaza Italia, lo que el Gobierno interpretó equivocadamente. No se trataba de una retirada, sino de un repliegue transitorio, un paréntesis. Pero, como era de esperar, Piñera se tropezó con Piñera. Le ganó la obsesión por conquistar el afecto anhelado y nuevamente reapareció el Presidente petulante y soberbio. “Estamos mejor preparados que todos, incluso que Italia”, dijo en una frase que hizo recordar esa sentencia de que Chile era “un oasis” en Latinoamérica, a solo dos semanas de que estallara el 18 de octubre.

Mientras tanto, su entonces ministro de Salud repetía el mismo esquema de su jefe, expresando frases torpes y rimbombantes –como esa de que el virus se podía volver bueno-, árboles que no dejaban ver lo de fondo: el manejo de la pandemia. Porque, más allá de los errores que se pudieron cometer, se estaba enfrentando una crisis sin precedentes, y por supuesto que había mucho de ensayo y error. Pero Mañalich desvió la atención con su personaje ácido y controvertido, que lo que hizo fue volver a despertar la molestia de la gente con el Gobierno.

Por supuesto, el broche de oro lo aportaría el propio Mandatario, cuando, en una conducta digna de psicoanálisis, se bajó a meditar y sacarse una selfie en plena cuarentena en el ícono de las protestas previas. Si tuviera que elegir una imagen de 2020, elegiría esa. Simboliza todo. El largo confinamiento, la molestia ciudadana que terminó en el fin de esta Constitución y, evidentemente, las conductas erráticas de Piñera. Pese a la leve subida en las encuestas al inicio de la pandemia, la tendencia comenzó a revertirse de manera rápida y sostenida hasta llegar al 7% actual.

Lo cierto es que Piñera logró entusiasmarse con la opción que le podía dar el SARS-CoV-2. La Moneda hizo un giro comunicacional evidente y centró todas sus cartas en la manera en que enfrentaría el virus. Desde enero, comenzó a informar que estaban preparando un plan y dar señales que proyectaran control, ese que no habían tenido por meses. El verano y el miedo creciente por lo que estaba pasando en el otro hemisferio, hicieron que la gente dejara de protestar en Plaza Italia, lo que el Gobierno interpretó equivocadamente. No se trataba de una retirada, sino de un repliegue transitorio, un paréntesis

Chile vivió, además, un hecho inédito en su historia. Meses de encierro, que obligaron a sacar lo mejor de lo nuestro y demostrar una capacidad de adaptación y resiliencia insospechadas, pero que al mismo tiempo mostró de manera clara la tremenda desigualdad de este país. Mientras unos podían sortear las dificultades gracias a la conectividad y buen resguardo, otros tuvieron que arreglárselas para poder seguir subsistiendo. Las brechas aumentaron este año en todos los aspectos, partiendo por lo educacional. Y si en un principio el Gobierno tuvo la capacidad de comprometer recursos –dos paquetes de US$ 12.000 millones cada uno– para paliar, en parte, el déficit de empleo de millones de personas vulnerables, con el transcurso de los meses se fue desdibujando hasta que los proyectos de retiro del 10% de las AFP –resistidos por La Moneda y la derecha– dejaron en evidencia que la clase media había quedado abandonada a su suerte.

Lo mismo pasó con el gran empresariado agrupado en la CPC. Con una partida de caballo inglés, concurrieron con agilidad a entregar cajas de alimentos, sin embargo, con el paso de las semanas, dejaron de estar presentes y el nuevo presidente de la entidad, Juan Sutil, pasó a cumplir un rol político muy ligado a la derecha más dura. Se entendió por qué el empresario frutícola había sacado su publicidad de Chilevisión, unos meses antes, al considerar que la estación estaba tomando posición en el estallido social.

Aunque Piñera anunciaba la vuelta a la “normalidad” antes de tiempo, lo cierto es que, en materia política, tuvimos un año muy poco normal. Un Congreso que se autoatribuyó más poder del que tiene y mantuvo una lucha constante con el Ejecutivo. Una derecha dividida entre conservadores y pragmáticos, en que los primeros sufrieron derrota tras derrota –encabezados por la alicaída dupla Allamand-Cubillos– y los segundos levantaron a Lavín como candidato presidencial, pese a que el alcalde estuvo a favor de todo lo que la UDI estuvo en contra. Con una oposición intrascendente, partida en tres y sin capacidad de ponerse de acuerdo en lo importante. Con la decepción de las “dos esperanzas” de la política: Evópoli y el Frente Amplio. Ambos terminaron siendo solo caricaturas de lo que querían “cambiar” al ingresar a la política. Sin embargo, el hecho político más relevante de 2020 fue el resultado del plebiscito y la alta participación de la gente.

En 2020 cayeron las ideologías. La UDI tuvo que renegar del 10% y en la oposición un senador PS y otro PPD le salvaron a La Moneda su propio proyecto de 10%. También tuvimos al Gobierno más débil desde el retorno a la democracia, que batió todos los récords de cambio de gabinete –incluyendo el papelón de la ministra de la Mujer y el paso para el olvido de Víctor Pérez–. Las instituciones siguieron en el suelo, con una Iglesia católica intrascendente –Aós fue nombrado cardenal ante la indiferencia de todos– y una policía uniformada que, gracias a la salida de Rozas, tiene una última oportunidad de transformarse por completo antes que sea tarde. También fue el año en que el populismo llegó para quedarse –Pamela Jiles, el mejor ejemplo–, aunque algunos optaron por ser políticamente incorrectos, como Jaime Bellolio, que se cambió al Rechazo unas semanas antes del aplastante 78%.

En 2020 Jadue y Lavín consolidaron sus liderazgos, aunque si aspiran ser presidentes no tienen más opción que abandonar el PC y la UDI. La DC se mantuvo igual: irrelevante. Enrique Paris, el menos político de todos, terminó por salvar en algo el honor al Gobierno. El Frente Amplio chocó contra su propio iceberg. Desbordes fue inteligente al capear el fuego amigo en La Moneda y Allamand inicio una nueva travesía por el desierto, pero acompañado por su señora. Delgado demostró que a veces hay que irse al sacrificio cuando se es joven. Francisco Vidal confundió rating con credibilidad ciudadana, desafiando a Girardi y Heraldo. Teillier sigue pensando que estamos en la URSS de 1980, ya que, pese a perder frente a Vallejo, seguirá en el poder de su partido. Pero, por sobre todo, este año Piñera continuó desconectado de la gente –la mascarilla fue el corolario– y agudizó la percepción de que somos un país desigual.

Mientras unos podían sortear las dificultades gracias a la conectividad y buen resguardo, otros tuvieron que arreglárselas para poder seguir subsistiendo. Las brechas aumentaron este año en todos los aspectos, partiendo por lo educacional. Y si en un principio el Gobierno tuvo la capacidad de comprometer recursos –dos paquetes de US$ 12.000 millones cada uno– para paliar, en parte, el déficit de empleo de millones de personas vulnerables, con el transcurso de los meses se fue desdibujando, hasta que los proyectos de retiro del 10% de las AFP –resistidos por La Moneda y la derecha– dejaron en evidencia que la clase media había quedado abandonada a su suerte.

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