¿2020 fue un año perdido?

Fin de año es ocasión de reafirmación de afectos, también lo es de balance. Junto con esperar el Nuevo Año solemos evaluar lo vivido. 2020 pasará a la historia como el año que vivimos en cuarentena, con toque de queda en todo el territorio. Para muchos será el año en que perdieron el empleo o quebraron. Para más de 20 mil familias fue el año en que falleció un ser querido. No hay duda, fue un mal año.

Pero también fue el año en que aprobamos iniciar un proceso constituyente. Con una mayoría categórica, el soberano se expresó. Un rotundo 80% se pronunció por el Apruebo, que desató un cronograma institucional que culminará con la construcción de un nuevo Pacto Social, que deberá expresarse jurídicamente en una nueva Constitución.

Entonces podemos extraer la primera conclusión: 2020 fue el año en que se terminó de agotar el modelo político que imperó desde 1990. También se agotaron los consensos y, por cierto, están más que agotados sus actores políticos tradicionales. Un presidencialismo de minorías se había venido instalando desde hacía algún tiempo, pero en la actual administración se llegó a límites insospechados. El Congreso por su parte ganó en diversidad, pero ha perdido gran parte de su prestigio. El rígido presidencialismo chileno carece de medidas correctoras cuando la autoridad pierde legitimidad ante la ciudadanía. Mecanismos como el referéndum revocatorio, que en otros sistemas permite restablecer la gobernabilidad, no existe en la Constitución de 1980.

Pero los problemas de Chile no son solo políticos. La economía entró en recesión y este año la caída la pronostican en a lo menos un -5%. No hay que ser economista para darse cuenta de ello.

La válvula de presión que operó fue el primer 10% de las AFP. Ante la ausencia de mecanismos de protección social suficientes para la envergadura de la emergencia, la iniciativa cobró apoyo y finalmente se impuso pese a los esfuerzos de Palacio. Esa inyección de recursos a las familias permitió “pasar agosto” no solo a la economía familiar sino también al Gobierno. Luego vino el plebiscito y de nuevo la ciudadanía fue categórica: los chilenos estamos mayoritariamente disconformes con la “isla presidencial”.

Por cierto, agreguemos que el malestar en la sociedad estalló el 18/O y solo pudo calmarse parcialmente por la disciplina social que impuso la pandemia. La Moneda leyó mal: explicó el estallido como consecuencia de un complot, incluso con agentes foráneos. Interpretó la disciplina social ante la pandemia como un apoyo a su gestión. Y trató de manejar la crisis como el Llanero Solitario, pensando probablemente en revertir su pérdida de popularidad. El problema es que no escuchó ni siquiera a los suyos –empezando por los alcaldes–, ni a los médicos, ni menos a la oposición. Peor aun, reiteradamente –en especial en la era Mañalich– se sermoneaba que “tenemos todo planificado desde enero”. La arrogancia gubernamental probablemente se desprendía de una tesis presidencial enunciada pocos días antes del 18/O: Chile era una isla en América Latina. La misma tesis de la diplomacia de Pinochet: Chile sería una buena casa en un mal barrio.

A mediados de año el malestar se anidaba fuerte en la sociedad, y el Gobierno navegaba sin timón. Un modesto subsidio alimenticio, de un costo aproximado a 30 mil pesos (poco más de 40 dólares) dio lugar a una trabajosa distribución de cajas que demoró semanas y, en algunos lugares, meses. Una locura logística que pudo impedirse asignando esa cantidad a las respectivas cuentas RUT de los beneficiados. Pero obviamente debe haber sido un buen negocio para las grandes cadenas distribuidoras, al tiempo que estranguló a miles de almacenes, minimarkets y negocios familiares que habrían servido de canal expedito para abastecer a la población.

El polvorín no estalló. La válvula de presión que operó fue el primer 10% de las AFP. Ante la ausencia de mecanismos de protección social suficientes para la envergadura de la emergencia, la iniciativa cobró apoyo y finalmente se impuso pese a los esfuerzos de Palacio. Esa inyección de recursos a las familias permitió “pasar agosto” no solo a la economía familiar sino también al Gobierno. Luego vino el plebiscito y de nuevo la ciudadanía fue categórica: los chilenos estamos mayoritariamente disconformes con la “isla presidencial”.

El 2020 se concentraron muchas contradicciones: la herencia no resuelta del estallido social, que amenaza con regresar cada cierto tiempo. A ello se suman las penurias que impone la pandemia. Qué decir de un sistema político donde parte importante del Congreso pareciera moverse tras agendas muy sectoriales o incluso personales, junto a un Gobierno que no asume la gravedad de su precaria condición y sigue repitiendo que la única encuesta que vale es la de las urnas. Pero ignora lo que millones de chilenos señalaron en las urnas del plebiscito, donde expresaron su voluntad de cambio. Malestar social, pandemia, deslegitimación de las instituciones y una Moneda raspando la olla configuran, entre otros factores, la crisis del 2020, el año maluco. Síntesis de contradicciones.

Después del plebiscito se ha producido un doble movimiento. Los partidos se han abocado a conformar sus candidaturas para constituyentes y autoridades regionales y municipales. Además del entusiasmo de los candidatos, se hace patente la escasa convocatoria que logran. Vale para el oficialismo y la oposición. La Moneda, por su parte, intenta recuperar la ofensiva política y aprovecha para ello la llegada de 20 mil dosis de vacuna. Los expertos afirman que, para una mediana seguridad, la mitad de la población debiera ser vacunada, y como son dos dosis por persona, necesitaremos a lo menos de 20 millones de dosis en los próximos meses. Qué bueno que lleguen las vacunas, pero qué malo sería que se creasen falsas expectativas, a lo mejor pensando en su impacto en las elecciones de abril próximo.

La Moneda, al parecer, también apuesta por una recuperación económica. Ahí los pronósticos son mejores: el precio del cobre se ve halagüeño, en gran parte por la reanimación de nuestro principal socio comercial: China. El dólar baja. La propaganda oficial se concentrará en que la isla es la primera en vacunarse en América Latina y, además, una de las economías que más pronto saldría de la crisis. Solo faltaría que califiquemos para el Mundial de Qatar y que el Colo Colo se salvase de descender.

¿Qué nos espera el 2021?

El tren de la crisis del 2020 tendrá su inercia el próximo año y, aunque el verano algo amaine –con el segundo 10% en el bolsillo–, es probable que la tensión social tenga una pausa. Pero marzo se vislumbra en el horizonte. En marzo del 2020 centenares de miles de mujeres se manifestaron demandando igualdad a lo largo de todo el país. ¿Cómo será el próximo 8 de marzo? A un mes de las elecciones constituyentes. ¿A un año del fin del mandato de Sebastián Piñera?

Lo virtuoso sería que el debate constitucional, en el fondo el Chile que queremos para el siglo XXI, sea un debate de propuestas y contenido. Que se confronten estrategias de desarrollo, que se definan los derechos básicos de todo ciudadano, la forma de gobierno que garantice mejor la gobernabilidad pero también la representación y la diversidad. En fin. No es lo que ha asomado en estas semanas, desgraciadamente.

Hasta aquí solo hemos esbozado los rasgos más sobresalientes de nuestro proceso doméstico, pero como precisamente “no somos una isla”, nuestro 2021 también estará condicionado por lo que suceda en el planeta y, en especial, por los ecos en nuestro barrio, ese que parece gustarles tan poco a algunos. Y el barrio está igual de sacudido que nosotros, que decir si el bicho se reinventa y las medidas sanitarias se endurecen.

Además, en noviembre 2021 elegiremos al sucesor de Sebastián Piñera. Si la campaña presidencial se contamina con un debate de contenidos en la Constituyente, aleluya. Si es al revés, si la campaña presidencial se concentra en egos, farándula y escándalos, hay que afirmarse porque vamos a galopar.

La saliente presidenta de la UDI señaló hace poco que en noviembre 2019 Piñera estuvo a punto de caer, en lo que llamó un golpe blanco. ¿De parte de quiénes? Cabe preguntar porque a la fecha los golpes los dan las FF.AA. y en todo este año no hemos sabido de pronunciamientos políticos de ellas, como debe ser. Por el contrario, todos recordamos a ese sabio general que señaló que era un hombre feliz porque no estaba en guerra con nadie. ¿O la senadora se refería a una eventual petición de abdicación?

Lo que si es evidente es que el 2020 Chile cambió. Somos mas pobres en diciembre de lo que éramos en enero. Como país y como familias. La isla desapareció. En la política lo viejo se resiste y lo nuevo también. Los coroneles de la UDI van rumbo a Capredena y emerge una camada que no creció con Jaime Guzmán. En el PS hace rato se operaron de la Vieja Guardia pero el reemplazo es ducho en peleas internas y en militantes “fichas”, más, carece de convocatoria e influencia de masas. Algo similar pasa en el resto de los partidos. En el Congreso algunos (y algunas) piensan que la política –la conducción intelectual y moral de una sociedad- consiste en salir como sea en la tele. Un aforismo mexicano diría “porque somos como somos, estamos como estamos”.

¿Todo tan negro? Nooooo. También en esta síntesis de contradicciones hemos tenido millones de ciudadanos en las calles demandando alegre y pacíficamente cambios y dignidad. En noviembre del 2019 y en marzo del 2020. Millones en el plebiscito de octubre recién pasado. Una voluntad nacional y popular que quiere emparejar la cancha, vivir con dignidad. En un camino democrático y pacifico. Tengo fe en Chile.

El malestar en la sociedad estalló el 18/O y solo pudo calmarse parcialmente por la disciplina social que impuso la pandemia. La Moneda leyó mal: explicó el estallido como consecuencia de un complot, incluso con agentes foráneos. Interpretó la disciplina social ante la pandemia como un apoyo a su gestión. Y trató de manejar la crisis como el Llanero Solitario, pensando probablemente en revertir su pérdida de popularidad. El problema es que no escuchó ni siquiera a los suyos –empezando por los alcaldes–, ni a los médicos, ni menos a la oposición. Peor aun, reiteradamente –en especial en la era Mañalich– se sermoneaba que “tenemos todo planificado desde enero”. La arrogancia gubernamental probablemente se desprendía de una tesis presidencial enunciada pocos días antes del 18/O: Chile era una isla en América Latina. La misma tesis de la diplomacia de Pinochet: Chile sería una buena casa en un mal barrio.

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