Cuando los estadios se convirtieron en vajillas

Ayer pasé con el coche al lado de Balaídos. Me pareció una de esas vajillas de porcelana que nuestras madres guardan en el mueble del salón y que sólo sacan en ocasiones especiales; es decir, nunca. Los estadios de fútbol parecen ahora mismo un regalo de boda de los años setenta. Los podemos ver impolutos, radiantes, como objetos de museo, pero no los podemos tocar, mucho menos sentir. Los futboleros expatriados solíamos hacer coincidir nuestras vistas a casa con el fin de semana que nuestro equipo jugaba allí. Ahora cualquier fin de semana vale porque cualquier pantalla vale.

Es imposible saber si en el 2021 los campos de fútbol volverán a ser nuestros jardines domésticos. Ojalá. Creo que estamos poniendo demasiadas expectativas en el 2021. El 2021 es «el nuevo Messi» de los años, un joven con muchísimo potencial pero con un entorno asfixiante. Terminará yéndose a la liga turca con la etiqueta de ex joven promesa si no nos relajamos con la presión.

Lo que está claro es lo que hemos echado de menos en este año grotesco que al fin termina. Yo he echado muchísimo de menos pasar con el coche al lado de Balaídos, aparcarlo y dirigirme al estadio lamentando llegar tarde una vez más. Subir los cinco tramos de escaleras de hormigón. Limpiar el asiento de heces de gaviota. Sentarme detrás de ese señor entrecano que siempre critica al entrenador (sea quien sea) porque «Aspas está cayendo demasiado a banda». Salir disparada hacia el bar en el descanso para comprar un paquete de pipas y una botella de agua sin tapón. Volcar parte del agua camino de mi asiento. Escuchar un murmullo funesto y malsonante cuando las cosas no salen. Escuchar la risotada global cuando sí. Aplaudir. Cantar. Jalear. Observar a los jugadores que calientan en banda moviendo sus caderas hipnóticamente como si jugasen con un hulla hoop. Quedarme a ver si saludan o no antes de irse a los vestuarios. Y finalmente, llegar a casa y ponerme la repetición del partido porque en el campo se ve, pero sobre todo se siente, algo completamente distinto –más rápido, más emocionante, más adictivo- que en un rectángulo de píxeles.

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