Adultos mayores en las Cuatro Villas: No es lugar para los viejos

-La mayoría de los vecinos vive del comercio ambulante y la pandemia les ha impedido salir a vender. En ese escenario, muchos adultos mayores, que cuentan con la pensión básica solidaria, se han convertido en los únicos proveedores de sus familias –explica France Reinoso (44), trabajadora social y jefa del Programa de Atención Domiciliaria al Adulto Mayor (PADAM) del Hogar de Cristo en San Felipe.

Junto a su incondicional escudero, el técnico Erick Aldunate (31), son la dupla social que desde hace 5 años moviliza, empodera y asiste a unas 30 personas grandes del estigmatizado sector conocido como Cuatro Villas, ubicado a la entrada de San Felipe, entre la línea férrea y el río Aconcagua. 

Al comienzo fueron tomas, campamentos, como el de Los Areneros, improvisados en los años 60. A comienzos de los 80 nace la primera villa, La Industrial, luego vinieron la Villa 250 Años (1991), la Villa Renacer (1993) y la Villa Sol Naciente (2000), que “nació para dar una solución habitacional a las personas en situación de calle y/o con nula posibilidad de acceder a ahorro para una vivienda”.

Hoy Cuatro Villas es para los sanfelipeños sinónimo de barrio marginal, deprimido, con altas tasas de violencia y tomado por el narcotráfico. Un sector donde se recomienda no aventurarse solo ni por nada, la locomoción colectiva se niega a entrar pasada cierta hora y “siempre sale en las noticias, pero para mal”, como recalca la trabajadora social Ivonne Herrera, jefa de operación social territorial en la Región de Valparaíso Interior. Una realidad que podría ser un caso de manual para explicar las pésimas políticas habitacionales de distintas etapas históricas del país que culminan en focos poblacionales precariamente instalados en la inmediaciones de los centros urbanos, donde los vecinos tienen sus fuentes de ingreso o trabajos.  

Ahí viven los 30 adultos mayores de quienes se preocupan France Reinoso y Erick Aldunate, la dupla del PADAM de San Felipe. Ella afirma: “Son en su mayoría mujeres, de entre 68 y 78 años. El mayor es un señor no valente. Tiene 89 y una familia muy preocupada de él. Su hija, que también es adulta mayor, como pasa con la mayoría de los cuidadores, trabaja en el comercio ambulante y lo atiende bien. Pero no es lo común. Acá nos enfrentamos a adultos mayores insertos en una familia que vende o consume drogas, donde ellos viven, pero siendo invisibles para ese grupo disfuncional. En muchos casos, hay abuso patrimonial, les quitan su pensión y la persona no tiene pito que tocar. Se resigna. Muchas veces los nietos consumen y, en ese caso, no hay propiedad privada que se respete”. 

-¿Cómo intervienen ustedes ahí, pueden hacer algo?
-Lo que hacemos es catetear, catetear y catetear para que la red de ayuda social se active, pero es difícil tomar acciones, porque es un tema donde cuesta meterse. Lo razonable sería poder sacar al adulto mayor de ahí e institucionalizarlo, pero ellos mismos no quieren. Tienen una relación de codependencia con sus familiares. Es parecido a lo que pasa con la violencia intrafamiliar de pareja: pueden estar dispuestos a denunciar e irse, pero luego se arrepienten y se desdicen. 

-Suena desolador…
-Muchos de ellos tienen vidas disfuncionales y uno frente a eso, al principio, claro, se espanta, pero hemos tenido grandes logros en estos cinco años. Avances importantes, esperanzadores. Lo que más nos enorgullece es el nivel de participación que hemos logrado. Al comienzo era muy difícil la integración. Hoy son 28 personas en total a las que atendemos, porque ha habido dos fallecimientos este año. No por coronavirus, eso no los ha afectado. Ninguno se ha agarrado el bicho y eso que se cuidan repoco –cuenta France. 

Ivonne Herrera, por su parte, complementa: “Hemos hecho un trabajo sostenido en ese territorio de alta vulnerabilidad que ha tenido mucho impacto positivo. Más allá de la visita domiciliaria a los adultos mayores y a sus cuidadores, hemos organizado actividades de integración, como festivales de la voz para las dueñas de casa; o el Festival Lolo Pelusa, donde convocamos a grupos musicales de la comuna; o la pintura de un precioso mural con los sueños de los niños, por mencionar algunas. Eso nos ha servido para intervenir el entorno de los adultos mayores, despertando en ellos la necesidad de juntarse de manera autónoma, salvo, obviamente, los que tienen dependencia severa. Hoy ellos conviven en armonía; antes había muchas rivalidades, peleas, entre las señoras, por el tema del narcotráfico, lo que dificultaba la integración”. 

Ese trabajo de reconstruir confianzas, de restablecer la convivencia, de desarrollar actividades y sobre todo de estimular la conversación, es lo que más ayuda a estas mujeres septuagenarias, que están en su mayoría solas o insertas en un ambiente absolutamente hostil, donde nadie las ve ni las considera. Dice Erick: “En 2016 recuperamos un espacio emblemático del sector, la Escuela Hogar, que estaba abandonada. Limpiamos un salón gigante e invitamos a la comunidad a celebrar el Día del Adulto Mayor en octubre. Hicimos una once, así partimos con talleres con dinámicas simples: clases de cocina, tardes de karaoke. De a poco, empezamos a lograr que las señoras salieran de sus casas, de su entorno, porque sus familias son multiproblemáticas. Acá ellas se olvidaban de todo, se distraían, venían con lluvia, como fuera, muchas de ellas acompañadas de sus nietos pequeños. Y nos costaba que se fueran…, pero llegó la pandemia”.

Varias de las señoras participantes terminaron formando el “Taller Femenino La Juventud de La Tercera Edad”, tal cual, con ese nombre, y ya tenían incluso personalidad jurídica. “Lo que más querían ellas, lo que surge con más fuerza en nuestros diagnósticos participativos, era recuperar el tejido social, la noción de comunidad organizada. Se formaron oficialmente en enero del 2020, en nuestra planificación estaba cerrar este proceso precioso de 5 años con bombos y platillos, pero, como señala Erick, se apareció el COVID-19”, dice France con cierta desesperanza.

Operación Caballo de Troya

-Claro que le tengo miedo al coronavirus y mi nieto, con el que vivo, tampoco me deja salir por temor a que me contagie. Además, mi cuerpo está viejo, cansado. Ya camino muy poco. Muchas cosas han cambiado para mí desde que estamos en pandemia. Todo me lo tiene que hacer la esposa de mi nieto y una hija que me visita. Me siento feliz de estar aún con vida, pero al mismo tiempo me siento triste, porque ya no me puedo valer por mí misma y lo que menos quiero es ser una carga. Quisiera volver a ser joven para poder hacer sola mis cosas. Eso quisiera –dice Fresia Cornejo (81), vecina antigua de la Villa Industrial, participante del PADAM desde que existe. 

Sentada, frente a su casa, cuenta que siempre fue muy pobre, que su vida ha sido dura, que en los años 70 le mataron a su marido y, escapando, llegó con sus 4 niños a instalarse en la ribera del río Aconcagua. Lleva más de medio siglo aquí y su testimonio figura en unas memorias del barrio, donde leemos que llegó a trabajar en una conservera, pero se le hizo imposible pagar el cité donde vivía  y “así nos vinimos al río”.  

El río Aconcagua fue una suerte de oasis para las primeras familias que se instalaron en lo que hoy se conoce como las Cuatro Villas. “En San Felipe entonces había pega, además estaba el ferrocarril, yo le digo por los 70, cuando me vine con mi esposo desde Ovalle, primero llegamos donde una prima, pero usted sabe que con niños chicos tampoco se puede estar tanto tiempo, así que nos vinimos al río. La casa era de fonolita y había un solo pilón de agua, ahí había que acarrear y hacer fila porque todos lo que vivíamos ahí teníamos que usar agua”, recuerda Ivonne Irarrázabal, presidenta de la junta vecinal de la Villa 250 Años en un registro escrito sobre este sector. Ella fue clave en la etapa inicial del PADAM, porque le abrió camino a la dupla sicosocial del Hogar de Cristo y estableció los primeros contactos con la comunidad. 

-La mayoría de las señoras que atendemos tiene educación básica incompleta y enfermedades de base, como diabetes e hipertensión, pero ninguna se ha agarrado el bicho. Los dos fallecidos estaban desahuciados por cáncer antes de la pandemia. Tal como las personas de la calle que también vemos, nuestros adultos mayores son como súper resistentes al coronavirus, así es que están todos. No nos falta ni uno. El único problema es que están aburridos de estar encerrados y lo único que quieren es retomar los talleres y las actividades comunitarias –comenta France. 

Eso, mientras Erick nos explica cómo intervienen en el territorio y de qué manera el COVID-19 vino a alterar la forma de trabajo. 

-La pandemia cambió nuestra dinámica. Ahora tenemos una olla común y nos dedicamos a hacer el delivery, llevándoles la comida a sus casas a las personas mayores. Las llamamos por teléfono, las alentamos y les pedimos que tengan paciencia. Algunas ni siquiera entienden lo que está pasando, pero extrañan el juntarse. Nosotros nos veíamos seguidos, nos reuníamos de 2 a 6 de la tarde, jugábamos, cantábamos, les dábamos charlas a los cuidadores, interveníamos en situaciones críticas. 

Las situaciones críticas aquí son verdaderamente críticas, como “hace meses, en que se vivió un verdadero infierno allá abajo”, relata Erick. Se refiere a una venganza entre bandas rivales que partió con el asesinato de un adolescente y terminó con la quema de las casas de todos los parientes del asesino. Se habla de entre 4 a 7 viviendas. “Bomberos no podía entrar a la villa, tampoco los policías, así es que se quemó todo. Cuando pasan cosas malas o hay situaciones peligrosas, a nosotros los mismos adultos mayores nos avisan que no vayamos. Una vez que andábamos con unos estudiantes universitarios en práctica, hubo un allanamiento. Tuvimos que salir en punta de codos, para evitar las balas. Por eso, nos cuesta encontrar ayuda; imagínate que un practicante muriera a causa de una bala”, explica France, quien también nos cuenta que, aunque cuentan con una sede en el territorio, no pueden tenerla habilitada como oficina. “Es imposible. Se robarían todo: computadores, impresoras, lo que hubiera”. 

La prensa regional e incluso la nacional, de tanto en tanto, describe estas feroces situaciones, como el incendio que se produjo en julio pasado, en pleno toque de queda, e incursiones policiales, como una bautizada “Caballo de Troya”, en que un centenar de efectivos de la Policía de Investigaciones, apretados en un camión, entraron al sector para hacer una redada en busca de drogas y armas. Entraron por sorpresa, se bajaron al unísono, allanaron varias casas y encontraron dinero en efectivo, marihuana, cocaína, armas, municiones y los ya conocidos y perturbadores elementos pirotécnicos con que los narco hicieron ver su dominio de los territorios la pasada Navidad en varias comunas de Chile. Eso fue en agosto. Doce personas fueron detenidas, pasando a engrosar la lista de jefes de hogar en prisión, que es otro rasgo común en el barrio. 

Frente a hechos como estos, en que la anomia es la norma, conmueve el balance que hacen Ivonne, France y Erick de su trabajo con los 28 adultos mayores que atienden desde hace 5 años en las Cuatro Villas. 

Así lo resume Erick Aldunate, el joven técnico social: “Siento que somos afortunados de estar trabajando aquí, porque vemos un Chile oculto y silencioso, el de los adultos mayores más vulnerables, por el que podemos hacer mucho, partiendo por ayudarles a recuperar el sentido de comunidad, por capacitarlos, empoderarlos, resolver problemas. Ellos son personas buenas, cariñosas, que valoran conversar, aprender, pero viven en un ambiente anómalo. Para ganarse su confianza se requiere ser prudente y eficaz; es una tarea en la que uno aprende sobre todo a valorar lo que tiene”. Eso, mientras la octogenaria Fresia Cornejo, sentada frente a su casa de la Villa Industrial, agradece a sus amigos del PADAM: “Yo he tenido hartas dificultades desde que estoy sola, cuando se murió mi pareja por 47 años, y este equipo del Hogar de Cristo ha sido un gran aporte para mí”. 

 

Este extenso barrio, que se ubica a la entrada de San Felipe, entre el río Aconcagua y la línea férrea, alberga a una treintena de personas grandes que logran sobrevivir en un sector donde imperan la violencia, el narcotráfico y el abandono. Mujeres en su mayoría, integran el Programa de Atención Domiciliaria del Hogar de Cristo, que les ha ayudado a empoderarse y recuperar la idea de comunidad. Pero se cruzó en sus vidas la pandemia.

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