Segunda ola COVID: lecciones desde el Reino Unido

En 2020 el Reino Unido enfrentó uno de los momentos más complejos de su historia reciente. El Brexit y el coronavirus definieron este escenario. Mientras la salida de la Unión Europea confirmó las desventajas del nuevo trato con el bloque, la pandemia diezmó la población y desplomó la economía como no se veía en 300 años. Con pocos aciertos y muchos errores, el gobierno de Boris Johnson estuvo al frente de esta coyuntura. ¿Qué lecciones políticas puede extraer la administración de Sebastián Piñera desde el caso inglés? Hacer este ejercicio cobra relevancia al considerar la ventaja temporal que un caso tiene sobre el otro. Hoy el Reino Unido vive una agresiva segunda ola de la pandemia, a pesar de enterar varias semanas de vacunación masiva y medidas de confinamiento. Chile, en cambio, recién distribuye las primeras dosis y la nueva ola de contagios de a poco comienza a tomar forma. 

En el ejercicio del poder, el saber político tiende a relacionarse con la experiencia práctica. Esto implica que la conveniencia o inconveniencia de una decisión política está atada a los efectos que produce. Esto es lo que convierte a las “malas decisiones” en una valiosa fuente de aprendizajes, porque ellas permiten advertir errores desde una realidad concreta. Siguiendo esa línea, tres lecciones políticas se pueden recoger a partir de la gestión del COVID-19 en el Reino Unido.

Una primera lección consiste en evitar las falsas expectativas sobre el control de la pandemia. Cuando los gobiernos pronuncian discursos o adoptan políticas que insinúan que el final del virus está cerca, implícitamente favorecen un relajo en las medidas de autocuidado. Estas señales también producen confusión y malestar entre las personas, porque los buenos augurios tienden a ser interrumpidos por medidas de encierro que parecían en retirada. Estas expectativas desmedidas han sido un error frecuente en la gestión de Boris Johnson.

Conocido por evitar ser un mensajero de malas noticias, el premier inglés se ha esforzado en mostrar optimismo y forzar medidas que buscan el retorno a la normalidad. El 16 de diciembre, por ejemplo, anunció un relajamiento de las restricciones para la semana de Navidad. Permitió los viajes interregionales y las reuniones a puertas cerradas entre distintas familias, a pesar de que una nueva variante del virus ya recorría el sur del país. Forzado por el aumento exponencial de contagios, solo cuatro días después tuvo que echar pie atrás en el anuncio. Pero el error de Johnson no acababa ahí: los viajes nacionales e internacionales también tuvieron que ser prohibidos, lo que arruinó definitivamente el plan navideño de millones de ingleses.

En el caso de una crisis sanitaria, la criticidad suele ser mayor en la medida que cualquier omisión o negligencia de las autoridades puede provocar consecuencias dramáticas en la población. Todo eso sugiere, entonces, que los gobiernos deben entregar prioridad máxima a la gestión de control, mitigación y tratamiento de una pandemia como el coronavirus. El primer ministro inglés, sin embargo, ha optado por una estrategia diferente.

Una segunda lección es incorporar la voz de los gobiernos locales para el control de la pandemia. Aunque tradicionalmente las crisis tienden a requerir de un mando único y centralizado, la prolongación de la pandemia configuró un escenario diferente para la toma de decisiones. Como la crisis se volvió permanente y la búsqueda de soluciones en un objetivo colectivo, un enfoque más inclusivo y dialogante desde los territorios se posicionó como una estrategia necesaria.

Sin embargo, Johnson optó por mantener una línea centralista y vertical. Al inicio de la pandemia, sus decisiones para contener el virus operaron homogéneamente para el conjunto de la isla, pasando por alto las particularidades y dinámicas de cada territorio. Posteriormente, consciente de las críticas por el excesivo centralismo desde Downing Street, Johnson implementó un sistema tricolor para los confinamientos locales, aunque su aplicación era inconsulta con las autoridades de la periferia. Esto motivó una rebelión de algunos alcaldes de la zona norte de Inglaterra —particularmente Andy Burnham en Manchester—, quienes se negaron a seguir las directrices del gobierno si no se atendían sus demandas de mayor apoyo económico para resistir el encierro.

Esta queja empatizó fuertemente con los ciudadanos de las zonas industriales del país, erosionando el liderazgo centralista de Johnson.

Una tercera lección consiste en evitar el desgaste del liderazgo gubernamental en otros focos críticos. Por definición, las crisis son coyunturas excepcionales que exigen una alta demanda del poder político. Ellas no solo implican una ruptura inesperada de la cotidianidad, sino también un cambio cualitativo en las condiciones de supervivencia de los gobiernos. En el caso de una crisis sanitaria, la criticidad suele ser mayor en la medida que cualquier omisión o negligencia de las autoridades puede provocar consecuencias dramáticas en la población. Todo eso sugiere, entonces, que los gobiernos deben entregar prioridad máxima a la gestión de control, mitigación y tratamiento de una pandemia como el coronavirus. El primer ministro inglés, sin embargo, ha optado por una estrategia diferente.

Electo en julio de 2019 con el mandato de concretar el Brexit, Johnson ha repartido sus esfuerzos entre negociar personalmente el acuerdo de salida de la Unión Europea y gestionar a diario la pandemia. Esperablemente, esta duplicidad de funciones ha perjudicado la efectividad de sus maniobras, no tanto por impericia propia, sino más bien porque la magnitud de estos desafíos exige una dedicación exclusiva. El mezquino acuerdo alcanzado con el bloque europeo y las críticas a su conducción vacilante durante la pandemia son el mejor reflejo de su apuesta fallida.

En Chile, hace unos días el Gobierno de Piñera decidió que las primeras vacunas contra el coronavirus fueran distribuidas entre los funcionarios de la red de salud. Luego, en la simbólica primera inoculación a una enfermera, el Presidente asistió a la escena junto al ministro del ramo. Consultados por la puesta comunicacional, asesores de Palacio indicaron que el modelo había sido a “la inglesa”, imitando el diseño encabezado por Johnson el 8 de diciembre durante la primera vacunación en Londres. Si el interés genuino de los equipos del Presidente Piñera consiste en emular el caso inglés, entonces aún están a tiempo de tomar nota y enmendar el rumbo.

Hasta ahora, los hechos indican que la conducción de la pandemia ha tendido más bien a replicar los errores y desaciertos del gobierno británico. Mensajes del Presidente Piñera como “estamos viendo la luz al final del túnel en la lucha contra la pandemia”, o sus excesivas puestas en escena por la llegada de la vacuna a Chile, solo animan una peligrosa expectativa de control sobre el virus y creer que lo peor ya pasó. Todo esto, justo en momentos que Europa se encierra frente a una segunda ola de contagios que golpea más fuerte que la primera.

En el ejercicio del poder, el saber político tiende a relacionarse con la experiencia práctica. Esto implica que la conveniencia o inconveniencia de una decisión política está atada a los efectos que produce. Esto es lo que convierte a las “malas decisiones” en una valiosa fuente de aprendizajes, porque ellas permiten advertir errores desde una realidad concreta. Siguiendo esa línea, tres lecciones políticas se pueden recoger a partir de la gestión del COVID-19 en el Reino Unido.

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