El lujoso ascensor del Espanyol se atrapa entre dos plantas

Por encima de fichajes de última hora, del VAR, de penaltis no pitados y de decisiones arbitrales sobre pantalones que rozan la interpretación demasiado literal del reglamento, se duele aún el Espanyol, magullado por las heridas que el domingo se autoinfligió en su golpe más duro desde que cometió el histórico error –que no accidente– de bajar a Segunda. Y si las sensaciones preocupan es porque precisamente evocan a aquellas de la peor temporada de la historia.

Hoy el panorama es distinto –la categoría, lamentablemente, también– y continúa el Espanyol en zona de ascenso directo pese a dejarse remontar por el Rayo Vallecano un 2-0 absolutamente controlado al descanso. Pero el liderato ya obra en poder del Mallorca, con tres puntos más, al Almería –igualado a 45 con los pericos– le resta un partido y el cuarto clasificado, que son justamente los franjirrojos, podía haber quedado a 11 puntos pero se acerca hasta los cinco.

Resulta comprensible que Vicente Moreno no quisiera ni oír hablar de estadísticas en la previa de este último partido: ha perdido el Espanyol tantos partidos en las últimas cuatro jornadas –tres, ante Las Palmas, Girona y Rayo– como en las primeras 19. Y sin contar el modo en que se produjo la eliminación en la Copa a manos de Osasuna. No es de extrañar que el propio director deportivo, Francisco Joaquín Pérez Rufete, reconociera como parte del problema que «esto no puede pasar, ni ahora ni dentro de un año. Debemos hacer autocrítica, ser claros, contundentes y seguir remando en la dirección del objetivo», asumía este miércoles.

El ascensor a todo lujo del mejor equipo de la categoría de plata, el “Real Madrid de Segunda”, en una definición que no disgustaba por Cornellà-El Prat y que trataba de condensar el altísimo potencial de los pericos en una Liga aparentemente menor, parece atrapado entre dos plantas a la que han reaparecido tics del pasado, algunos tangibles como múltiples errores en una salida de balón que cuesta goles incluso cuando los delanteros rivales no alcanzan el nivel de un Primera, y otros abstractos, como la (in)capacidad de desmoronarse mentalmente cuando el plan de partido se tuerce levemente.

Y esta tesitura se produce justo cuando Vicente Moreno parecía haber encontrado su equipo de gala, a costa de un enorme fondo de armario cada vez más distanciado de esos titulares. Lo que produce una paradoja: si el once ideal tampoco funciona –ha repetido, salvo la pieza de David López por lesión, en dos derrotas consecutivas–, ¿lo harán quienes se saben suplentes? El debate, en realidad, es más profundo, y su origen ataca directamente a la confección irregular de la plantilla.

Necesita, está claro, una suerte de electroshock el grupo menos presionado en las distancias cortas de la historia, sin público en los partidos, sin testigos en los entrenamientos, pero con la obligación moral de subir sí o sí. Los jugadores deben responder, pero no más que el resto de instancias de un Espanyol que no debería blindarse, sino mostrar al mundo más que nunca su ambición. Con hechos. El ascenso no es siquiera un éxito. Es la única opción. Imagínense qué sería no conseguirlo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *