Sevilla y la sombra de Caín

La sombra de Caín vuelve a amanecer sobre Sevilla, una de las ciudades con la rivalidad futbolística más encarnizada del Mundo, de hermanos que pasan del amor al odio cuando comienza a rodar el balón. Los aficionados sevillistas se dividen estos días entre los que desean fervientemente que su equipo pierda en Villarreal para fastidiar al Betis y otros que piensan que no hay que fijarse en el vecino y sí apurar las opciones de ser tercero o segundo en la tabla y jugar la Supercopa de España.

Lo cierto es que esto último, disputar la Supercopa el próximo año, parece una quimera. Para ello, el Sevilla tendría que ganar los dos encuentros que quedan y que el Real Madrid, a cuatro puntos más el goalaverage, sacara uno o ninguno de aquí al final. Superar al Barcelona en la tabla es algo más posible, pero tampoco probable: los culés tienen dos puntos más y también la diferencia de goles a favor. Aunque pasar al Barça, ya clasificado tras ganar la Copa, no daría al Sevilla un billete para la Supercopa.

El Betis tiene un pie y medio entre los siete primeros, pero se juega con la Real Sociedad y el Villarreal los puestos 5º y 6º, que dan derecho a disputar la Europa League. La final de esta competición continental, que los nervionenses han ganado ya seis veces, se juega además el próximo año en el Ramón Sánchez-Pizjuán. Con el morbo que ello representa.

Así que hay muchos hinchas nervionenses que abogan por no hacer demasiado en La Cerámica y centrarse en superar el récord de puntos, para lo que bastaría con derrotar al Alavés en el Sánchez-Pizjuán durante la última jornada. Así se prorrogaría una historia de cainismo que tiene su cénit entre los años 1997 y 2000, con dos episodios de ‘ayuda’ al descenso del eterno rival, uno para cada equipo.

El 31 de mayo de 1997, el Villamarín coreaba el «A Segunda, oé» pero era el equipo rival, el Sporting, el que iba ganando. La grada acababa de cantar un gol que marcó Dmitri Cheryshev, padre del actual futbolista del Valencia, para los gijoneses, que se jugaban la permanencia con el Sevilla. El Betis, que ya se había clasificado para Europa y estaba en la final de Copa, tenía muchas bajas. Serra Ferrer alineó a jóvenes canteranos de entonces como Capi, Redondo y Varela.

El Sevilla bajó aquel año. En realidad, ya estaba casi deshuciado cuando el Sporting ganó en Heliópolis. Tres años después, el 30 de abril de 2000, los nervionenses ya habían consumado un nuevo descenso cuando el Sánchez-Pizjuán clamó venganza y celebró la victoria del Oviedo, que se jugaba también los cuartos contra el Betis. El meta danés Olsen, que había hecho varias paradas de mérito para los sevillistas, no salió tras el descanso y los asturianos redondearon un 2-3 final en la segunda mitad. El Betis consumaría su descenso a Segunda dos semanas después.

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